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Álbum familiar y cañerías del poder

Lo que describe el poder en el mundo son las relaciones que la gente tiene. Con quiénes trabaja. A quién tiene de amigo, a quién tiene de amigo tu mejor amigo. A quién puede llamar y que le pase al teléfono. ¿Te imaginas cómo elige un presidente a su gabinete? Con sus amigos. Con los amigos de sus parientes. Con los poderosos que se atravesaron en su carrera política. Con los que estudiaron junto a él. ¿Cómo se desarrollan las relaciones de poder? Con redes. ¿Para qué construyes redes y para qué te sirven? Para trepar. Haz esta prueba. ¿A quién tienes de amigo en Facebook? ¿A cuántas de esas personas agregaste porque conoces? ¿A cuántas que desconoces agregaste para intentar acercarte a su mundo o mantenerte al tanto de sus ideas? ¿Cuántos te solicitaron invitación a ti en lugar de tú a ellos?

Ahora, sal de internet, entra en la vida trivial y repara en esto: los amigos son inversamente proporcionales a la edad que tienes. Entre más edad tienes, menos amigos te quedan. De niño puedes ser amigo de todos los de tu calle y acaso de todos los de tu barrio. En el colegio puedes ser amigo de la mayoría de compañeros de tu curso, o de los compañeros del grupo de teatro. En la universidad formas un clan, minoritario, para divertirse, para cooperar. En la vida profesional aparecen unos cuantos más (si tienes suerte y no vas en plan de competir por el ascenso). La vida familiar que establezcas con una pareja te otorgará unos cuantos de más (los amigos de tu pareja, más los de la familia a la que te has adherido, más los de la familia que formas). Pero haz esta remembranza a modo de inventario: ¿cuántos amigos te quedan de esa calle de infancia ahora que estás en la universidad? ¿O cuántos te quedan del colegio ahora que estás en la vida profesional? ¿Lo ves?

Hay muchas formas de establecer asociaciones (la sangre, la amistad, los estudios, los intereses personales, los viajes, la web). Una de ellas son las asociaciones de poder. ¿Cómo se tejen, cómo te incorporas a ella, cómo puedes discriminarla dentro de otras formas de asociación? En Colombia, donde el nepotismo es ley, un exvicepresidente, primo hermano del actual gobernante, se jacta así de su origen de clase: “Le voy a decir una cosa: un país donde el presidente es un Santos, el director del primer periódico del país está casado con una Santos, el director de la revista más importante es un Santos, el que está trabajando tras bambalinas por la paz es un Santos y el que le hace la oposición es un Santos, no existe ni en África.” Pero Colombia también es África. Lo que puede advertirse de frivolidades así, en una inspección rápida a los legatarios de la plutocracia, es que los poderosos establecen lazos sanguíneos desde la infancia y que los lazos familiares de poder son más extensos y perdurables en el tiempo que otros. En ese escenario, el poder, las relaciones de amistad, también se establecen por conveniencia. Es probable que el ministro de Justicia de un presidente haya asistido al mismo colegio. Ello responde a la endogamia que subsiste en las familias poderosas: clanes que se cruzan entre clanes. Antonio Caballero Holguín, hijo de noble ascendencia, periodista colombiano, gran escritor de una sola novela, recordaba hace años que la alternancia de los 56 presidentes que Colombia había tenido hasta la época provenía de cuatro apellidos. Notable. Es decir que el poder, las redes de poder, finalmente se heredan.

Para el profesor James Fowler, estudioso de las redes sociales y las formas de conexión interpersonal más actuales, hay extrañas asociaciones en las redes sociales de internet que revelan normas y patrones para las asociaciones humanas. Uno de los aspectos más interesantes en la estructura de la cadena de asociaciones son los conceptos de conexión y contagio (no hay espacio aquí para resumir), pero que se desprenden de esta fórmula: “A quién conocemos y a quién conocen los que conocemos”. A partir de esa idea prestada, hagamos otro ejercicio de autoinspección: ¿conoces a alguien que esté en una posición de poder político y que lo haya obtenido por la idoneidad, por la formación académica, o por la sola elección democrática? ¿No? ¿Conoces al menos la red de poder a que perteneces, o a qué distancia de una red, de un eslabón, de poder estás? ¿Quieres saberlo? Busca entonces la arquitectura del poder que te entrega tu heredad, tu familia original. Haz esta prueba: encuentra el archivo fotográfico familiar. Reúne en préstamo un par de álbumes de tíos y tías, y ahora convoca al miembro, o a los miembros, de más edad de tu clan. Con todos reunidos, empieza a pasar las fotos en su presencia y trata de averiguar cómo se hicieron las alianzas, cómo se conocieron los enamorados. Pregunta a ellos quiénes son los que aparecen en estas imágenes de antiguas veladas, de fiestas fastuosas, de reuniones domésticas, de velorios, padrinazgos, matrimonios o de encuentros que fueron la vida. Averigua por qué aparecen allí, y trata de saber si aún ellos o sus allegados tienen relación con tu familia o contigo. ¿Lo hiciste? ¿Qué encontraste? ¿Aún no lo ves? Trata entonces de que tu álbum familiar responda a esto: ¿eres el familiar del amigo del amigo de alguien con poder económico, político, o comunicativo? ¿Eres tú mismo punto de partida o eslabón en una red de poder? ¿Aún no ves nada? Mira entonces La Biblia. Reyes, Crónicas, Mateo: Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, Jacob a Judá…

La red de poder se transmite, se hereda y se protege. ¿Y cómo se protege una red de poder? Con adefesios tan sutiles como la instrucción pública. Con la comedia de la democracia y el conservadurismo disfrazado de liberalismo en el que lo único que se libera es el mercado. Ya habrás comprobado que los tratados de libre comercio sirven para convertir a los millonarios en multimillonarios y para hacer próspera a la potencia asociada mientras el país subdesarrollado se hunde en la desigualdad. Se protege difundiendo la idea de que la ruina de los sectores nacionales equivale al lema “prosperidad para todos”. Se protege también con himnos. Con símbolos patrios. Con códigos. Con leyes. Con eufemismos (llamar “Seguridad Nacional” a un genocidio). Se transmite con el recuerdo y su aparato publicitario: la historia, el periodismo, la cultura oficial. ¿Qué no? El objetivo oculto de la historia oficial y de la cultura oficial es hacer recordar esa jerarquía: la red de poder. De dónde vienes. A qué país y tradición y religión e ideología perteneces. Debes recordar tus derechos y deberes para saber cuáles son tus límites. Quiénes te mandan. Todas las normas sociales, todos los contratos, todos los códigos se amparan en el recuerdo. Te obligan a recordar, te instruyen, porque sin el recuerdo no hay vida ni control social. Sin recuerdo no hay noción de poder, de clase, de jerarquía. Es decir que si tú no puedes recordar mañana la red de poder a que estás sujeto (por ejemplo: quién es el presidente), la red de poder deja de tener sentido para ti. Es decir que si desconoces el sistema y la nacionalidad y la ley, deja de existir (es hipótesis). Pero tú también, si no recuerdas, no existes. ¿Y si jugáramos por un día a no recordar? Ni leyes. Ni normas. Ni oficios. Ni saberes. Ni jerarquías. Ni obligaciones. Ni parentescos. Ni redes de poder. ¿Sería el carnaval? ¿O la revolución involuntaria? ¿O la anarquía total?

Si tienes tiempo, lee esta entrevista a James Fowler.

Mira esta película, Match Point de Woody Allen.

Lee esta sinopsis de Juego de tronos, la serie de televisión más pirateada actualmente.

¿Ahora lo ves? Todos pertenecemos a una red social, querámoslo o no. Pero a una red de poder no accedes: naces en ella o te catapultan. O la fundas, con matrimonios, decapitaciones, guerras, fraudes.


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El dilema egipcio

La primavera egipcia tuvo siempre un dejo otoñal. Los grupos que movilizaron a cientos de miles y ocuparon la Plaza Tahrir por meses en 2011, tenían una meta doble: acabar con la dictadura de Hosni Mubarak y sustituirla por un sistema democrático, incluyente y moderno.

La primavera no floreció plenamente porque para conseguir el primer objetivo los protagonistas del movimiento recurrieron al ejército, la institución que había sido  la principal base de apoyo de Mubarak y también la única que podía garantizar la caída del dictador. Las Fuerzas Armadas tenían –y tienen– demasiados intereses propios en lo que los egipcios llaman el “Estado profundo”, en referencia al viejo régimen, para transformarse en un árbitro eficaz y neutral de la transición a la democracia.

El movimiento convocó involuntariamente a otro actor político, la Hermandad Islámica, que aunque carecía de experiencia democrática y de gobierno, era la organización mejor estructurada del país. La Hermandad, que nació en Egipto en 1928, es el origen del Islam político y de una estrategia de lucha que combinó por décadas la acción comunitaria –lo que le permitió echar raíces en todos los rincones de Egipto– y la violencia terrorista, antes de fundar un partido propio, Libertad y Justicia.

Ni el ejército, ni la Hermandad eran en 2011 los parteros ideales de la democracia en Egipto. Pero la tarea recayó en ellos, porque los protagonistas de la primavera otoñal, los grupos seculares, liberales y modernizadores, se fragmentaron y  no pudieron construir un partido político fuerte, con un programa de gobierno claro y consensual. Como era de esperarse, la Hermandad –y otros partidos islámicos aún más conservadores– ganaron una mayoría en las elecciones legislativas, y con un margen menor, las presidenciales de 2012. Muhammad Morsi tomó el poder en junio. Quienes votaron por él –religiosos y seculares–confiaron que Morsi gobernaría para todos los egipcios con la honestidad y eficacia que caracterizaban al brazo financiero y de ayuda comunitaria de la Hermandad Islámica.

Morsi olvidó muy pronto que había sido electo con el mandato ciudadano de construir una democracia plural y moderna. Desde el principio de su gobierno islamizó la política egipcia, anunció que la fuente de su mandato no era terrenal sino divina y que tenía la misión de redactar una Constitución que convirtiera a la sharia en la norma fundamental del nuevo Egipto. Para ello, se colocó por mandato presidencial, por encima de la supervisión judicial y convocó a un referéndum a todo vapor que aprobó una Constitución que convirtió a las creencias del presidente en leyes para todos.

El nuevo orden hizo a un lado los derechos que las mujeres habían adquirido durante los años de Mubarak, limitó las libertades que son la esencia de cualquier democracia plena y dejó a las minorías religiosas del país sin defensa posible frente al Estado y a los fundamentalistas. Los shiítas y los cristianos empezaron a ser perseguidos –miles abandonaron el país– ante el ominoso silencio del presidente.

Por si eso fuera poco, Morsi llenó los puestos públicos,no con los mejores,sino con miembros de la Hermandad, administradores ineficientes que tomaban decisiones a espaldas de la ciudadanía y que se convirtieron en pequeños tiranos locales. Las credenciales que habían llevado a muchos a votar por la Hermandad perdieron vigencia en unos meses: el nuevo gobierno demostró que no tenía capacidad para gobernar, ni para construir una democracia moderna.

Sin embargo, la incompetencia política de Morsi no hubiera sacado a la calle a catorce millones de sus gobernados el 30 de junio para exigir su renuncia, ni hubiera  llevado a liberales seculares como Mohamed El Baradei a aplaudir el golpe de Estado militar que derrocó finalmente al presidente. En febrero, el electorado descontento podría haber expulsado del Legislativo a la mayoría  islámica y convertirse en un poderoso freno a los desatinos de Morsi.

La clave para explicar las multitudinarias protestas y entender lo injustificable desde una perspectiva democrática –el apoyo masivo a un golpe de Estado contra un presidente elegido en las urnas– está en la economía. El desabasto de hidrocarburos, la inflación –mayor de 8%– el desempleo, el descenso del turismo y la pérdida de valor de la lira egipcia frente al dólar, son sólo la punta del iceberg del derrumbe de la economía provocada por la catastrófica política económica del gobierno de Morsi. Las reservas se desplomaron de 36 000 millones de dólares en 2011, a sólo 16 000 millones a mediados de este año: apenas suficientes para cubrir tres meses de importaciones de productos indispensables como trigo y petróleo (Egipto debe cerca de 8 000 millones de dólares a las compañías petroleras que trabajan en el país). 

El déficit presupuestal se elevó a 13% del PNB –lo cual no disuadió a Morsi de aumentar los sueldos del sector público– y el gobierno se negó a elevar impuestos y reducir subsidios, privando al país del ingreso de 4.8 mil millones de dólares del FMI que Egipto requería con urgencia para sobrevivir económicamente. La economía siguió funcionando a tropezones y a paso de tortuga gracias a la ayuda de Qatar, Turquía y Libia, pero ésta resultó insuficiente frente a las necesidades del país: Egipto requiere 25 000 millones de dólares en los próximos dos años nada más para cubrir los gastos del gobierno y pagar la deuda externa. No sorprende que la bolsa de valores haya tenido un repunte después del golpe militar.

Los militares egipcios llevan muchos decenios de mover el abanico. Han aprendido, al menos, a leer el ánimo del pueblo y nadar a favor de la corriente. En 2011 no se equivocaron al dar la espalda a Mubarak, y el 30 de junio respondieron también a los deseos de los millones que salieron a las calles. Tendrán que encontrar caminos alternativos a las balas para incluir a los seguidores de la Hermandad en el tránsito a la modernidad, pero han elegido bien al conformar el gobierno interino. Adly Mansour, un juez respetado, será el presidente provisional y El Baradei ocupará la vicepresidencia. Pero el nombramiento más importante es el de Hazem el-Beblawi,un economista preparado y liberal, como Primer Ministro interino. Todos ellos tienen una misión casi imposible: restaurar el consenso político a favor de la democracia que Morsi destruyó, y salvar a la economía egipcia del despeñadero.

(Una versión de este texto apareció publicada en el periódico Reforma)


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El Premio FIL o contra el fair play literario

Durante los nueve días del año que dura la Feria Internacional del Libro de Guadalajara se reparte no menos de una veintena de premios y reconocimientos de toda laya: certámenes literarios entre estudiantes y empleados de la Universidad de Guadalajara (la institución pública que organiza la FIL tapatía), homenajes “al mérito editorial”,  al “bibliófilo del año”, al pabellón más mono de la expo-venta librera, a periodistas de la fuente cultural, a librerías del país, a bibliotecarios, a caricaturistas, a libros con ilustraciones, a traductores literarios, a escritores de literatura infantil y juvenil, a bibliotecarios, a féminas novelistas y como están las cosas no sería raro que pronto se incluyera también un premio para vates travestis.

Aun cuando muchos de esos galardones son honoríficos o casi, dos o tres de ellos se tasan en decenas de miles de dólares y uno en particular entrega una bolsa anual de 150 mil dólares, lo que lo coloca entre los premios literarios más cotizados del orbe hispanoamericano. Este último fue concebido hace 21 años como Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, aun cuando en 2007 perdió ese nombre por un conflicto suscitado entre los herederos de Rulfo y el comité organizador de dicho premio. Obligadamente cambió de denominación (ahora se llama Premio FIL en Lenguas Romances) pero su principal fuente de financiamiento sigue siendo la misma: instituciones y organismos públicos de Jalisco y del gobierno federal como el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, el Fondo de Cultura Económica, la Universidad de Guadalajara, el Gobierno de Jalisco, los ayuntamientos de Guadalajara y Zapopan, etcétera. El premio tampoco ha podido librarse de prácticas irregulares que lo han acompañado prácticamente desde su nacimiento.

A principios de 1992, una persona ligada a Juan José Arreola contó a quien esto escribe que había recibido una llamada telefónica de otro amigo de Arreola para preguntarle su opinión de que este último fuere propuesto como candidato al entonces llamado Premio Juan Rulfo. La respuesta del interrogado fue que Arreola no solo tenía sobrados merecimientos para ese eventual premio, sino que el dinero del mismo vendría a oxigenar su no muy boyante situación económica. Ante ello, el autor del telefonema le preguntó entonces si aceptaba ser parte del jurado del premio. El interrogado dijo que sí, el de la llamada telefónica fue presidente del jurado y Juan José Arreola ganó el Premio Juan Rulfo de ese año.

Aun cuando la obra de Arreola lo hacía merecedor de ese premio y de otros que nunca obtuvo (el Príncipe de Asturias y el Cervantes, por ejemplo), cabe preguntarse si esa forma de haberlo premiado no era algo irregular. Si no lo fue, al menos se trata de una práctica no muy ortodoxa, una de tantas que han acompañado a un premio que ahora, veinte años después, está envuelto en un escándalo mayúsculo porque en esta ocasión el jurado calificador del mismo decidió entregárselo a un plagiario de marca: el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, tristemente célebre por haber sido denunciado en repetidas ocasiones como ladrón intelectual y a quien, luego de habérsele comprobado ese delito, la justicia de su país lo sentenció a pagar una multa que sobrepasa los 50 mil dólares.

Entre las irregularidades más evidentes del ahora llamado Premio FIL está la forma de integrar el jurado que determina a quién ha de entregarse el galardón. Esa forma consiste en repetir ad nauseam a equis personas como sinodales del premio de marras. El caso más evidente es el del profesor peruano Julio Ortega, quien ha formado parte de ese  jurado en no menos de ¡ocho ocasiones!, y quien no solo ha tratado de justificar la apropiación de textos de otros autores en la que ha incurrido su paisano Bryce Echenique, sino que fue precisamente uno de los jueces literarios que decidieron otorgarle la edición 2012 del Premio FIL en Lenguas Romances a quien lo mismo firma textos propios que ajenos.

Aun cuando Julio Ortega no es la única persona que ha repetido como integrante de ese jurado, cabe preguntarse por qué el Comité Técnico del Premio FIL ha recurrido en tantas ocasiones a ese profesor del Departamento de Estudios Hispánicos de Brown University. ¿Tan competente es el doctor Ortega como para que en los últimos diez años haya figurado seis veces como parte del jurado? La respuesta tal vez haya que buscarla en la añeja relación clientelar que existe entre el susodicho y el ex rector Raúl Padilla, quien encabeza el cacicazgo que desde 1989 controla a la Universidad de Guadalajara, institución a la que sus autoridades no solo la hacen copatrocinar el premio en cuestión, sino que organiza y subsidia la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Con el presupuesto de esa casa de estudios (léase con el dinero de los contribuyentes), en 1993 Padilla y Ortega le organizaron dos homenajes multitudinarios a Carlos Fuentes: uno en las instalaciones de Brown University, en Providence, Rhode Island, y el otro en el paraninfo de la UdeG.


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La imposible democracia


(Mesa de votación en la UACM: Milenio)


La resurrección en el discurso del movimiento 132 de la vetusta idea de “democratizar” las universidades (es decir: que los estudiantes y trabajadores elijan a los órganos de gobierno y formen parte de ellos) coincide en el calendario con los problemas que enfrenta hoy la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) y que ponen en evidencia la imposibilidad de tal democracia. 


Democratizar una universidad es subastarla no a los académicamente mejores, sino a los más astutos políticamente. Ya me he referido en algún libro (Allá en el campus grande, Tusquets, 2001) a que las universidades que se “democratizaron” en México hace años (Puebla, Sinaloa) fueron experimentos asombrosamente fallidos y costosos, no sólo para la ciencia, el pueblo y el erario, sino hasta para el partido que los ensayó (el comunista): lo único que se democratizó fue la incompetencia, la politiquería y el descrédito.


Esos experimentos sirvieron para demostrar que se puede democratizar el gobierno de una universidad, pero no su competencia académica ni, por tanto, la función social que debe cumplir. Porque una universidad no decreta leyes, transmite capacidades; no decreta derechos: le otorga mérito profesional a quien se lo gana. Quienes juzgan si los ha ganado son sus profesores, los que transmiten el saber, la imprescindible élite de los académicos. 


Democratizar una universidad contradice que los académicos poseen el conocimiento que los estudiantes desean. Hay una jerarquización necesaria y pródiga, la que –apunté recientemente–  José Gaos comparó, reticente, con la que debe regir en un ejército, cuya democratización conllevaría su instantánea ineficacia. Ahora bien (anota Gaos) nada hay más disímil que una universidad y un ejército, salvo en que ambos precisan de una autoridad para lograr su cometido: una autocracia en el ejército y una aristocracia en las universidades.


Gaos ya sabe que la palabra “aristocracia” provocará una “sensación de náusea” a los demócratas y el consiguiente desprecio hacia él por emplearla. Y lo lamenta, pero se sostiene en que la esencia de la universidad “entraña la distinción entre el saber de los profesores y la ignorancia de los estudiantes, sin la cual la enseñanza de estos por aquellos sería no un contrasentido, sino un sinsentido”. De esa jerarquía en el aula o el laboratorio deriva la imposibilidad de desaparecer la jerarquía en la forma de gobierno. Y no que Gaos se oponga a la participación de los estudiantes en consejos universitarios, siempre y cuando sean del último año y tengan buenas calificaciones: la institución debe escuchar su voz, pero no someterse a su voto pues le parece “peligroso darles poder de decisión en cuestiones que pueden afectar a sus propios intereses”…


El cada día más zarandeado experimento de la UACM parece ejemplificar esa crítica del viejo Gaos y le aporta una experiencia que su carácter “democrático” ya hace inútil. Gobernada por el interés de “la mayoría” y no el desinterés del conocimiento, pronosticó que una universidad tal se convertiría en una imprenta de títulos vacíos de mérito. En la lucha contra la ignorancia, el profesor perdería contra las exigencias mayoritarias: “la rebaja de las exigencias académicas, la división y subdivisión de los exámenes para poder aprobarlos por partes, o supresión de ellos; porcentajes crecientes de inasistencias sin consecuencias, exámenes extraordinarios en número indefinido, etc. etc. etc.” Pues sí.


La ficción que suele acompañar esa “democracia” es, también, conocida: ver en la universidad una réplica del Estado: una dictadura cuyos estudiantes y trabajadores son el proletariado ávido de justicia, los empleados de confianza los traidores de clase, los profesores (si no se solidarizan) la burguesía aviesa y la rectoría, obviamente, el tirano opresor que administra el banco del capital. Un tirano al que hay que “tumbar” ritualmente. Para que se vea quién manda.         


(Publicado previamente en El Universal)


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La feria de Frankfurt al ritmo maori

“Si alguien no ha entendido que levante la mano” dijo uno de los danzantes maorí en la inauguración de la Feria del Libro de Frankfurt, la más importante del mundo, que tiene a Nueva Zelanda como país invitado de honor. “No importa, lo que quería era transmitirles el espíritu de mi lengua”, añadió luego. Los temores ante el mundo digital y el pesimismo económico marcaron la tendencia.

La Feria del Libro de Frankfurt se inauguró ayer entre las discusiones ya consuetudinarias sobre los retos que implica la revolución digital y la cosmogonía maorí, que Nueva Zelanda, país invitado de este año, ha puesto en el centro de su presentación. Tras la clásica conferencia de prensa inaugural, en la que el presidente de Asociación de Libreros de Alemania, Gottfried Honnefelder, habló de la situación actual del sector, se hizo una presentación para la prensa del pabellón neozelandés. Los periodistas se reunieron junto a la entrada, alguien les saludó en maorí y luego empezó a cantar en ese mismo idioma para, después de un rato, pasar al inglés con un lacónico “you are welcome”.

El pabellón estaba en tinieblas. Se alcanzaba a ver un foso, con agua, que separaba la parte exterior del mismo con un centro lleno de pantallas gigantes en las que se podían leer frases en inglés describiendo a Nueva Zelanda como una isla mítica y misteriosa. Simultáneamente se oían cantos en maorí que venían desde alguna esquina del pabellón y en otras, que parecían cuevas, algunos libros colgaban del techo como si fueran frutos de un árbol. Poco a poco, alguien guió a la gente hacia el lugar desde donde salían los cantos en maorí y la situó ante un escenario donde se siguió cantando y recitando durante un buen rato.

(…)  en la conferencia de prensa, el director de la Feria, Jürgen Boos había comparado la situación actual del sector no con el comienzo del mundo según la mitología maorí pero sí con el “bigbang”. “Estamos en el primer pictosegundo después de un ‘bigbang’ que cambiará la galaxia Guttenberg”, dijo Boos refiriéndose a la situación del sector editorial con el avance de la digitalización.
“Todo cambia, el tablero de clase se convierte en un monitor y los libros ya no están en las bibliotecas sino en una nube digital”, recordó Boos.

Sin embargo, dentro de la discusión sobre la digitalización, Boos volvió a mostrarse como uno de los representantes del optimismo. “Lo importante no es la discusión acerca de si los niños leen en papel o en un soporte electrónico, lo importante es que lean, que las historias les lleguen”, dijo. Del lado de los libreros alemanes, Gottfried Honnefelder, en cambio, dejó entrever cierto pesimismo con respecto a la situación de las librerías, que luchan año tras año en todo el mundo con bajas en la facturación.


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Para nosotros aún no hay mayoría de edad

Mi columna de hoy en el blog “Vano Oficio” del diario El País es sobre los cincuenta años de La ciudad y los perros, y aquello de la mayoría de edad de los escritores del Boom y cómo hemos retrocedido en eso. ¿Cómo nos leen en Europa? También podría titularse “Cómo me convertí en escritor indigenista”.

Foto: AdrianT

Hace unas semanas, en un encuentro en Vincennes (Francia), me preguntaron sobre la importancia de la obra de Mario Vargas Llosa y, en concreto, de La ciudad y los perros, que cumple cincuenta años de publicado este 2012.

No podía ser más interesante esa pregunta, y sobre todo en el contexto en que se realizó -el Festival América-, pues lo que celebramos con la publicación de La ciudad y los perros es la aparición de la primera novela célebre del Boom literario, la que abrió el camino a ese estallido de connotaciones sociológicas, económicas, culturales pero sobre todo literarias. El Boom es un hito porque, pese a que antes de 1962 -el año en que ganó el premio Seix Barral La ciudad y los perros- ya existían autores de notable talento (algunos arrinconados por una crítica que solo privilegiaba el regionalismo y otras ocultos en editoriales de sus propios países, sin posibilidad de ser leídos fuera o incluso traducidos; todo eso les tocaría después), con los autores que se han dado en calificar como el Boom nuclear (Vargas Llosa, García Márquez, Fuentes y Cortázar) empieza la mayoría de edad o la carta de ciudadanía de la literatura latinoamericana (la metáfora no es mía y no es muy brillante, pero sirve para explicarme).

¿Qué significa aquello de la “ciudadanía” literaria? Para mí, siempre implicó el hecho de que los escritores latinoamericanos pudiesen ser leídos, por la crítica pero también por los lectores de a pie, como escritores a secas, rompiendo las barreras de ser latinoamericanos y de escribir latinoamericanismos. Es cierto, sin duda, que esa lectura, la exótica, siempre existió y existirá (Macondo huele a guayaba, los personajes de Rayuela escuchan jazz como exiliados argentinos, los de Fuentes son cosmopolitas pero visitan ruinas prehispánicas, los de Vargas Llosa viven en medio de dictaduras peruanas), pero hay que entender que además de ella también existía una lectura que superaba las “huellas” exóticas y permitía leer, digamos, La ciudad y los perros no como una novela sobre unos jóvenes limeños en un colegio militar, sino sobre individuos sometidos a un poder superior contra el cual se rebelan. En ese sentido, la novela podía estar más cerca de Las tribulaciones del estudiante Törless, de Robert Musil, antes que cualquier libro escrito en el Perú por aquellos años. Desde luego, de cualquier libro puede decirse que ese componente no exótico existe, que incluso las novelas regionalistas más emblemáticas tratan sobre seres humanos en conflicto. No tengo dudas de que es así. Pero con los autores del Boom ocurría que esas lecturas no solo eran posibles sino que sucedían realmente. Macondo, por poner un ejemplo, no se leía necesariamente como el retrato costumbrista más o menos distorsionado de un pueblo colombiano, sino que se asumía como un lugar mágico e imaginario creado por un autor de mente deslumbrante.

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Un Quijote en ePub3



La editorial electrónica Bolchiro saca a la venta una nueva edición del Quijote, a cargo de Florencio Sevilla y con grabados de Doré, en ePub3, ePub 2 y Kindle (9,49 € en iTunes).


Yo he manejado la primera de ellas en iBooks en un iPad. De entrada, la edición intenta acercarse a la famliaridad del libro impreso, incluyendo el uso de capitulares en color. El libro presenta las habituales posibilidades de cambio de cuerpo de letra y lectura a página doble o simple:




Las posibilidades del formato ePub 3 se manifiestan en la aparición de las notas como pop-ups. Hay que señalar que esta edición tiene, según datos del editor, 3.444 notas, cuyas llamadas están señaladas en el texto en un discreto color violeta, aunque se ha desperdiciado la posibilidad de que la palabra marcada indique el ámbito de la nota, y hay demasiadas repeticiones. Me explico: el texto dice “y por añadidura tres precisos de gurapas“. Si lo que se hubiese marcado fuera toda la frase que se aclara en nota (“y por añadidura tres precisos de gurapas“), no habría hecho falta la doble repetición gurapas en la cabecera de la ventana y luego “tres… gurapas“, por cierto con la elisión marcada por los tres puntos que es más propia de los libros impresos que de este medio.



Los versos siguen siendo un problema: el libro electrónico los presenta centrados, tanto cada línea como las sílabas sobrantes de la caja. El resultado es muy ajeno a la tradición de la imprenta española. Me pregunto si el ePub 3 no permite realmente poner los poemas sangrados y justificados a la izquierda (el problema de las vueltas de los versos demasiado largos me temo que es más complejo, en un formato que permite cambiar libremente el cuerpo del texto). No soy experto en estas cuestiones, pero me consta que alguno de mis lectores lo es, y agradecería una aclaración.



¿Está justificada esta edición (que se presenta como especialmente fiel a los impresos originales)? Los grabados de Doré están en el dominio público (aunque su presentación en el iPad sea excelente), las notas son oportunas y toda la edición tiene la facilidad de manejo y lectura que se da en iBooks. Además, han tenido el acierto de crear una cubierta que destaca entre la medianía de las que tienen las ediciones electrónicas. Sin embargo, hay un rasgo disonante en una obra como esta, que se puede suponer que habrá de ser tan utilizada por estudiantes y estudiosos como por lectores: es imposible copiar ni un fragmento de texto ni de una nota. Esto, en el contexto de las dificultades para anotar un libro en iBooks, imposibilita una de las  funciones naturales de una edición de este tipo.



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El marcapáginas, y otras publicidades



Fuente


He hablado un par de veces de Hibris. Revista de Bibliofilia, bimensual editada en Alcoy (Alicante). Por el momento se publica sólo en papel, aunque me informan de que planean colgar en su web números atrasados. En el último número (65-66, septiembre-diciembre 2011) hay varios artículos de gran interés.


Uno de ellos es “Crónica de una señal anunciada: el biblión de los Manuales Soler”, de Concepción del Valle, que estudia la promoción que realizaba el editor barcelonés Manuel Soler desde finales del XIX, sobre todo con exitosa colección Manuales Soler luego rebautizada como Manuales Gallach, y por fin integrados en Espasa-Calpe, que los comercializó hasta los años 50. Pues bien: los Manuales Soler tuvieron un despliegue publicitario asombroso, con anuncios incluidos en otras publicaciones de la casa, regalos, cupones para conseguirlos, e incluso un mueble para agruparlos todos (la Enciclopedia Espasa también adoptaría luego ese poderoso argumento de venta).



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La difusión de los manuales se equiparaba, en la publicidad interior de los mismos (por lo general en las guardas), con el avance de la patria:



LA SIGUIENTE DEMOSTRACIÓN GRÁFICA DEL AUMENTO DE LECTORES  ES UNA PRUEBA DE QUE ESPAÑA PROGRESA
[sic, por tanta versal].


Por cierto; el histograma situado al pie de la página, que ilustra el aumento del número de lectores, que es vagamente proporcional al tamaño del personaje ilustrado, es toda una joya de la arqueología de la representación de datos. Además, obsérvese que los pocos que comienzan a leer los Manuales son ricos y eclesiásticos, y al final hay hasta un agricultor… [Esta imagen es la única que he encontrado, y si un lector en cuyo poder obre un Manual Soler con esta publicidad en las guardas me facilita una reproducción mejor se lo agradeceré eternamente]:



Fuente


Otro recurso promocional, nos dice Concepción del Valle, eran las postales humorísticas, que recalcaban el regalo. En una de ellas, un niño le dice al otro:



Oye, mamá ya no le riñe a papá si compra libros. ¡Como que los compra a la casa Sucesores de Manuel Soler de Barcelona y los regalos se los queda mamá!


Pues bien: uno de los obsequios era un marcapáginas, el primero que se registra en el mundo editorial español, y el primero con nombre propio: biblion (o biblión, como también lo escriben). Se presenta bajo los nombres de señal y de punto de lectura, lo que parece indicar cierta vacilación, o una terminología no asentada. La autora ha recopilado los siguientes nombres para el artefacto:



registro,
punto de libro
señal
guía de lectura
indicador
señalador
marcador


y los más infrecuentes



sujetador
marcapautas
indicador para señales
memorándum


En 1903, dice la autora, el impresor Víctor Oliva usa el anglicismo book-mark y el catalán senyal de plana (que sólo utilizó él). El que más se ha asentado hoy en día es marcapáginas, que creo de origen francés (marque-page o marque-pages, como este antiguo sitio web de coleccionista).


La casa Soler intentó el término biblión, que como sabemos tampoco se impuso, y lo ensalzó de esta manera:



Más que orientarse a recordar el punto donde se dejó la lectura, el biblión parece orientado al trabajo de estudio o consulta, como se ve por este ejemplo del folleto promocional:



Por su tipología, el biblión pertenece a los marcapáginas exentos (a diferencia de la cienta de registro y el punto de cursor); externo, porque se coloca en el corte delantero del libro, en vez de albergarse en  su interior; y lineal, porque apunta a una línea concreta del texto (en vez de señalar una página entera):



Para terminar, haré una referencia de pasada al futuro (o quizás el presente) de los marcapáginas en el medio digital: en iBooks para iPad una pulsación coloca en las páginas deseadas esta esqueuomórfica cinta:



Acudiendo después al menú de Marcadores, se pueden ver todas las páginas donde se ha llevado a cabo esta operación.




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Murió Lazcano... ¿y?

Por irresistible que sea, dejemos por un momento la reflexión sobre el tragicómico proceso de la difusión de la muerte de Heriberto Lazcano y el destino-hurto-extravío de sus restos.

Después de la muerte de Lazcano habrá que concederle algo a Felipe Calderón: al menos en la estrategia propuesta inicialmente por su gobierno, la lucha contra las organizaciones criminales ha sido un éxito. El equipo calderonista ha explicado muchas veces que el eventual “triunfo” del Estado mexicano comienza con la captura o asesinato de los principales líderes del narcotráfico en el país. Desde esa perspectiva, el gobierno ha cumplido con creces. Hace seis años, prácticamente todas las organizaciones criminales mexicanas podían presumir de un organigrama intacto. Un sexenio más tarde, casi todo el primer círculo de al menos cuatro de las peores bandas criminales del México moderno ha sido, para usar un adjetivo muy de nuestros tiempos, “desarticulado”. Solo el cártel de Sinaloa ha evitado el arresto de sus cabecillas. 25 de los 37 capos más importantes están detenidos o bajo tierra. Si cayera Joaquín Guzmán, el gobierno podría presumir la captura de la gran mayoría de los líderes históricos del narcotráfico en México. No es poca cosa.

O quizá sí lo es. Parte de la desgracia mexicana es que, seis años después de comenzada la guerra, aún no está claro si la estrategia de decapitación resultará en una disminución sostenida de la violencia y en la recuperación de las funciones del Estado en los lugares que dejaron de regirse por las leyes del país. En otras palabras: ¿el descabezamiento de las organizaciones criminales las debilitará volviéndolas más manejables o dará paso al peligroso surgimiento de nuevas y voraces cabezas de la hidra, hombres menos preparados, más ambiciosos y más sanguinarios; eso que expertos como Alejandro Hope llaman “bandolerismo”? ¿Es esa la mejor manera de acabar con el círculo vicioso de un negocio tan redituable y persistente como el narcotráfico? ¿Servirá de algo la estrategia cuando todavía se ve tan lejano el día en que México tenga fuerzas policiacas locales ya no incorruptibles —parece una utopía— sino mínimamente confiables?

Esas son las preguntas que importan ahora. Y nadie, en realidad, tiene una respuesta definitiva. Quien diga lo contrario, miente.


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Una máquina POD en cada esquina



Paperight (@paperight) es una empresa sudafricana que ha desarrollado un sistema para convertir cualquier negocio de fotocopia o impresión en un punto de edición bajo pedido (o print on demand, POD).


Paperight gestiona una base de datos de obras digitalizadas por acuerdo con sus editores, y las suministra al comprador final, pagando una tarifa al propietario.


La diferencia fundamental con otros sistemas de POD es que no exigen una maquinaria especial, y con frecuencia costosa, sino que hacen uso de las impresoras y fotocopiadoras normales (se supone que la encuadernación la proporciona el vendedor por sus medios propios). Esto hace que no sólo sea un sistema disponible para establecimientos cara al público, sino también para instituciones que, como escuelas o universidades, tienen una demanda interna.


Esta iniciativa forma parte de una tendencia general a utilizar la interfaz que proporciona la estructura de comercio ya existente para proporcionar servicios al público por parte de empresas digitales. Véase, por ejemplo, cómo Amazon está empezando a usar cadenas de tiendas para sus entregas.



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Un Quijote en ePub3



La editorial electrónica Bolchiro saca a la venta una nueva edición del Quijote, a cargo de Florencio Sevilla y con grabados de Doré, en ePub3, ePub 2 y Kindle (9,49 € en iTunes).


Yo he manejado la primera de ellas en iBooks en un iPad. De entrada, la edición intenta acercarse a la famliaridad del libro impreso, incluyendo el uso de capitulares en color. El libro presenta las habituales posibilidades de cambio de cuerpo de letra y lectura a página doble o simple:




Las posibilidades del formato ePub 3 se manifiestan en la aparición de las notas como pop-ups. Hay que señalar que esta edición tiene, según datos del editor, 3.444 notas, cuyas llamadas están señaladas en el texto en un discreto color violeta, aunque se ha desperdiciado la posibilidad de que la palabra marcada indique el ámbito de la nota, y hay demasiadas repeticiones. Me explico: el texto dice “y por añadidura tres precisos de gurapas“. Si lo que se hubiese marcado fuera toda la frase que se aclara en nota (“y por añadidura tres precisos de gurapas“), no habría hecho falta la doble repetición gurapas en la cabecera de la ventana y luego “tres… gurapas“, por cierto con la elisión marcada por los tres puntos que es más propia de los libros impresos que de este medio.



Los versos siguen siendo un problema: el libro electrónico los presenta centrados, tanto cada línea como las sílabas sobrantes de la caja. El resultado es muy ajeno a la tradición de la imprenta española. Me pregunto si el ePub 3 no permite realmente poner los poemas sangrados y justificados a la izquierda (el problema de las vueltas de los versos demasiado largos me temo que es más complejo, en un formato que permite cambiar libremente el cuerpo del texto). No soy experto en estas cuestiones, pero me consta que alguno de mis lectores lo es, y agradecería una aclaración.



¿Está justificada esta edición (que se presenta como especialmente fiel a los impresos originales)? Los grabados de Doré están en el dominio público (aunque su presentación en el iPad sea excelente), las notas son oportunas y toda la edición tiene la facilidad de manejo y lectura que se da en iBooks. Además, han tenido el acierto de crear una cubierta que destaca entre la medianía de las que tienen las ediciones electrónicas. Sin embargo, hay un rasgo disonante en una obra como esta, que se puede suponer que habrá de ser tan utilizada por estudiantes y estudiosos como por lectores: es imposible copiar ni un fragmento de texto ni de una nota. Esto, en el contexto de las dificultades para anotar un libro en iBooks, imposibilita una de las  funciones naturales de una edición de este tipo.



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¿Es un desconocido Mo Yan?


Mo Yan
“A Mo Yan le gusta la música de Yo Yo Man.” dice un tuit. Otro: “¿Luego es que Mo Yan no era uno que actuaba en películas con Jackie Chan?” Al igual que el año pasado, en que ganó el sueco Thomas Tranströmer el premio Nobel y todos empezaron a decir que lo había ganado un “Transformer”, las bromas en torno al “desconocido” Mo Yan han empezado a brotar en las redes sociales. Las burlas se dirigen sobre el supuesto desconocimiento que existe en torno a Mo Yan. Otro tuit, más agresivo, declara: ”A mí no me vengáis a tocar los cojones ni a pontificar, ni dios teniamos idea de quien cojones era Mo Yan hasta hoy.” Twiteros califican como “gafapastas” “presumidos” “snobs” a aquellos que dicen haber leíd a Mo Yan antes del premio. Otros, la mayoría, dicen que es una sorpresa que Mo Yan hubiese ganado el premio (y hay quien dice, incluso, “quizá sea un buen escritor, pero no es para tanto”, sin dejar nada que nos indique que lo haya leído).
Hay varias preguntas pendientes: ¿Es realmente una sorpresa que Mo Yan haya ganado el Nobel? ¿Es un desconocido Mo Yan? ¿Quién dice conocerlo antes del premio es un presumido o pedante o miente?
En primer lugar, no, no es una sorpresa que Mo Yan haya ganado el Nobel. A pesar de que la Academia niegue constantemente llenar cupos regionales o por idioma, es obvio que lo hace. El ascenso en las apuestas de Ladbrokes de Haruki Murakami era señal de que, para muchos, esta vez le tocaba a Asia (o a un país no central de Europa, lo que explica el ascenso de Nadas o Trevor). Y si había un candidato de peso asiático ese era Mo Yan (y jamás Murakami quien, de haberlo ganado, sí hubiera sido una sorpresa). Mo Yan reúne las condiciones que un Nobel debe tener: compromiso político y una obra compleja, totalizante, que además presenta cuestiones sociales muy concretas (en su caso, la China rural y el poder desmedido de la burocracia).
En segundo lugar, Mo Yan no es un desconocido. Todos quienes siguen las quinielas del Nobel desde hace unos años sabían que él estaba en la ruleta. Por otra parte, su obra ha sido traducida al castellano (por el pequeño sello Kailas seis novelas, y la famosa Sorgo Rojo por El Aleph) y todos sus libros han recibido excelentes reseñas en diarios importantes, y por reseñistas de peso además. Cada vez que se menciona la literatura china contemporánea Mo Yan es el abanderado, el protagonista de esta literatura. Y como muchos autores, Mo Yan tiene una legión bastante fiel, aunque no grande, de admiradores que siguen toda su carrera. Por lo tanto, decir que Mo Yan es un desconocido es hablar desde el desinterés o la ignorancia sobre literatura contemporánea de los lectores (salvo algunos nombres que no llegan ni a la docena). Y que existan algunos lectores que declaran que no les es desconocido y que incluso lo han leído no es una pedantería, sino un hecho concreto, real y absolutamente justificado teniendo en cuenta la importancia que la literatura asíática, y Mo Yan en concreto, tiene en la actualidad.
Desde luego, Mo Yan es un autor de una complejidad y densidad (tanto formal como temática) que impiden que sea un autor popular, como lo es Haruki Murakami por ejemplo, al que muchos apostaban por empatía. Y aunque sus obras han sido llevadas al cine, fueron dirigidas por Zhang Yimou (la magnífica Sorgo rojo
) y no por un autor blockbuster de Hollywood. Pero, oh sorpresa, existen lectores que no se limitan a lo que venden las revistas de moda (llámelos “pastagruesa” si quieren) y para estos Mo Yan es un autor más que atendible desde hace muchos años, duela a quien le duela, tuitee quien tuitee.
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Para nosotros aún no hay mayoría de edad

Mi columna de hoy en el blog “Vano Oficio” del diario El País
es sobre los cincuenta años de La ciudad y los perros, y aquello de la mayoría de edad de los escritores del Boom y cómo hemos retrocedido en eso. ¿Cómo nos leen en Europa? También podría titularse “Cómo me convertí en escritor indigenista”.


Foto: AdrianT

Hace unas semanas, en un encuentro en Vincennes (Francia), me preguntaron sobre la importancia de la obra de Mario Vargas Llosa y, en concreto, de La ciudad y los perros
, que cumple cincuenta años de publicado este 2012.
No podía ser más interesante esa pregunta, y sobre todo en el contexto en que se realizó -el Festival América-, pues lo que celebramos con la publicación de La ciudad y los perros
es la aparición de la primera novela célebre del Boom literario, la que abrió el camino a ese estallido de connotaciones sociológicas, económicas, culturales pero sobre todo literarias. El Boom es un hito porque, pese a que antes de 1962 -el año en que ganó el premio Seix Barral La ciudad y los perros- ya existían autores de notable talento (algunos arrinconados por una crítica que solo privilegiaba el regionalismo y otras ocultos en editoriales de sus propios países, sin posibilidad de ser leídos fuera o incluso traducidos; todo eso les tocaría después), con los autores que se han dado en calificar como el Boom nuclear (Vargas Llosa, García Márquez, Fuentes y Cortázar) empieza la mayoría de edad o la carta de ciudadanía de la literatura latinoamericana (la metáfora no es mía y no es muy brillante, pero sirve para explicarme).
¿Qué significa aquello de la “ciudadanía” literaria? Para mí, siempre implicó el hecho de que los escritores latinoamericanos pudiesen ser leídos, por la crítica pero también por los lectores de a pie, como escritores a secas, rompiendo las barreras de ser latinoamericanos y de escribir latinoamericanismos. Es cierto, sin duda, que esa lectura, la exótica, siempre existió y existirá (Macondo huele a guayaba, los personajes de Rayuela escuchan jazz como exiliados argentinos, los de Fuentes son cosmopolitas pero visitan ruinas prehispánicas, los de Vargas Llosa viven en medio de dictaduras peruanas), pero hay que entender que además
de ella también existía una lectura que superaba las “huellas” exóticas y permitía leer, digamos, La ciudad y los perros no como una novela sobre unos jóvenes limeños en un colegio militar, sino sobre individuos sometidos a un poder superior contra el cual se rebelan. En ese sentido, la novela podía estar más cerca de Las tribulaciones del estudiante Törless, de Robert Musil, antes que cualquier libro escrito en el Perú por aquellos años. Desde luego, de cualquier libro puede decirse que ese componente no exótico existe, que incluso las novelas regionalistas más emblemáticas tratan sobre seres humanos en conflicto. No tengo dudas de que es así. Pero con los autores del Boom ocurría que esas lecturas no solo eran posibles sino que sucedían realmente. Macondo, por poner un ejemplo, no se leía necesariamente como el retrato costumbrista más o menos distorsionado de un pueblo colombiano, sino que se asumía como un lugar mágico e imaginario creado por un autor de mente deslumbrante.
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La feria de Frankfurt al ritmo maori

“Si alguien no ha entendido que levante la mano” dijo uno de los danzantes maorí en la inauguración de la Feria del Libro de Frankfurt, la más importante del mundo, que tiene a Nueva Zelanda como país invitado de honor. “No importa, lo que quería era transmitirles el espíritu de mi lengua”, añadió luego. Los temores ante el mundo digital y el pesimismo económico marcaron la tendencia.
La Feria del Libro de Frankfurt se inauguró ayer entre las discusiones ya consuetudinarias sobre los retos que implica la revolución digital y la cosmogonía maorí, que Nueva Zelanda, país invitado de este año, ha puesto en el centro de su presentación. Tras la clásica conferencia de prensa inaugural, en la que el presidente de Asociación de Libreros de Alemania, Gottfried Honnefelder, habló de la situación actual del sector, se hizo una presentación para la prensa del pabellón neozelandés. Los periodistas se reunieron junto a la entrada, alguien les saludó en maorí y luego empezó a cantar en ese mismo idioma para, después de un rato, pasar al inglés con un lacónico “you are welcome”.
El pabellón estaba en tinieblas. Se alcanzaba a ver un foso, con agua, que separaba la parte exterior del mismo con un centro lleno de pantallas gigantes en las que se podían leer frases en inglés describiendo a Nueva Zelanda como una isla mítica y misteriosa. Simultáneamente se oían cantos en maorí que venían desde alguna esquina del pabellón y en otras, que parecían cuevas, algunos libros colgaban del techo como si fueran frutos de un árbol. Poco a poco, alguien guió a la gente hacia el lugar desde donde salían los cantos en maorí y la situó ante un escenario donde se siguió cantando y recitando durante un buen rato.
(…)  en la conferencia de prensa, el director de la Feria, Jürgen Boos había comparado la situación actual del sector no con el comienzo del mundo según la mitología maorí pero sí con el “bigbang”. “Estamos en el primer pictosegundo después de un ‘bigbang’ que cambiará la galaxia Guttenberg”, dijo Boos refiriéndose a la situación del sector editorial con el avance de la digitalización.
“Todo cambia, el tablero de clase se convierte en un monitor y los libros ya no están en las bibliotecas sino en una nube digital”, recordó Boos.
Sin embargo, dentro de la discusión sobre la digitalización, Boos volvió a mostrarse como uno de los representantes del optimismo. “Lo importante no es la discusión acerca de si los niños leen en papel o en un soporte electrónico, lo importante es que lean, que las historias les lleguen”, dijo. Del lado de los libreros alemanes, Gottfried Honnefelder, en cambio, dejó entrever cierto pesimismo con respecto a la situación de las librerías, que luchan año tras año en todo el mundo con bajas en la facturación.

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"Ganar no significa nada" dice Mo Yan

Con mucha cautela y casi con escepticismo -como quien gana inesperadamente la lotería luego de comprarla todas las semanas- el escritor chino Mo Yan ha recibido la noticia del premio Nobel. No fue sencillo ubicarlo: el autor había dejado su residencia en Pekín y estaba con su padre en la aldea de Gaomi (¿se habrá querido alejar del mundanal ruido para aligera la tensión de ser uno de los favoritos?). No pudo responder la llamada de los académicos que le querían anticipar el fallo (se enteró por la prensa) pero sí respondió unas preguntas de China News.
El escritor chino Mo Yan, galardonado con el Premio Nobel de Literatura 2012, expresó a la prensa oficial su alegría por el galardón, aunque aseguró que “ganar no representa nada” y que seguirá “centrado en la creación de nuevas obras”.
“Continuaré trabajando duro, gracias a todos”, señaló un elusivo Mo, que en las horas posteriores ha intentado aislarse de la prensa y los admiradores, en una breve entrevista a la agencia oficial China News desde su casa en la aldea de Gaomi, de la provincia oriental de Shandong.Sobre la importancia del premio para la literatura china, Mo aseguró que “China tiene muchos autores excelentes, cuyos destacados trabajos podrán también ser reconocidos en el mundo”. Ante la también oficial agencia Xinhua, el escritor de 57 años se mostró “muy sorprendido” por el galardón: “Me sorprendió mucho ganar el premio porque sentí que no soy un autor tan experimentado como otros autores chinos. Hay muy buenos escritores y mi estatus no era tan elevado”.A la televisión estatal CCTV, el escritor de “Sorgo rojo”, “Las baladas del ajo” o “La vida y la muerte me están desgastando” señaló que prefería “estar con los pies en la tierra” y no hacer grandes celebraciones. “Quiero seguir mi camino, concentrado en lo humano para mi propia obra”, aseguró Mo, quien dijo que se encontraba en su pueblo “para sentirse tranquilo” y “escribir encerrado en su habitación”. “Estoy con mi padre en el pueblo, para ver el campo”, dijo con sencillez el Nobel chino, quien dijo tener en mente “muchos temas para escribir”.
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El difícil lugar del libro en un futuro móvil

08 octubre 2012 11:11

La excelente presentacion sobre el Estado de Internet 2012 de Business Insider hace pensar. El año pasado las ventas de smartphones superaron a las de PCs (arriba). Y las previsiones con respecto a ellos y a las tabletas son crecientes, de modo que, por decirlo son sus propias palabras, “El futuro es móvil”:

Una parte importante de los smartphones (que a su vez van siendo la mayoría de los móviles adquiridos) se usan para juegos. En tabletas, sin embargo, aumenta la compra de contenidos, ¡incluidos los libros!:

Si en vez de las compras reparamos en el contenido consumido, tanto en teléfonos como en tabletas, vemos que las noticias y las redes sociales son las dominantes (aunque los libros siguen siendo significativos):

Pero sin embargo, el gasto publicitario sigue siendo mucho menor en el sector móvil, lo que se atribuye al pequeño tamaño de las pantallas, ¿pero no tendrá también que ver con actitudes de los usuarios?:

Por ahí no habrá por el momento muchos ingresos. Pero las aplicaciones para móviles están creciendo. Veamos el caso de las descargas de Apple:

Y la gente pasa ahora mucho, muchísimo más tiempo en las aplicaciones que en la Web:

(Y hay bastantes aplicaciones que son libros, o cosas que se parecen a libros, o…). El ingreso por venta de aplicaciones avanza lentamente, sobre todo porque… la mayoría son gratis:

Aunque desde el interior de algunas de ellas, gratuitas o no, se pueden hacer ventas (in-App). Pero, de nuevo, las mayores son de juegos:

Y además, en este dominio estamos en un mercado controlado por dos empresas:

Bien: baste como resumen (aunque vale la pena ver la totalidad de la presentación). El libro está ya presente en la plataforma de crecimiento más rápido: la móvil, sea en tabletas o en teléfonos, pero éste es un medio que se va convirtiendo crecientemente en plataforma de juegos y de acceso gratuito a noticias. A ello hay que añadir las dificultades para destacar en él (las tiendas internas, como la App Store, son la pesadilla de un editor… o de casi cualquiera que venda contenidos), y la situación de duopolio de facto.

La venta de libros como aplicaciones móviles es una posibilidad, que está dando lugar además a proyectos de mucho interés, tanto en el campo de las obras infantiles como en recopilaciones  de obras libres de derechos, pero como solución global a líneas editoriales generalistas no parece tener mucho futuro.


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Volpi se reafirma


Jorge Volpi, en su calidad de jurado del premio fil 2012, en la página Boomerang de la que es colaborador con el blog titulado sobriamente “Blog de Jorge Volpi”, acaba de publicar un post para reafirmar su decisión. Desde el olimpo literario en que habita sentencia que la crítica al otorgamiento del premio fil a Bryce no le hará mella a su figura de clásico. Es cierto: la posteridad literaria está más allá de los premios. Lo curioso es que se trata de una frase bumerang, pues la pronuncia uno de los autores más premiados y peor tratados por la crítica, cruel aduana de la inmortalidad literaria, de los que se tenga memoria. También dice que todo es producto del resentimiento de falsos autores que no pasarán el exigente listón del tiempo. Es cierto: la posteridad literaria está íntegramente reservada a la generación del Crack.


Pero hablar en futurible no es lo que se discute hoy. Lo que se discute en este bajo mundo sublunar es si a un autor que ha robado textos debe concedérsele el mayor premio literario de Latinoamérica. No estamos discutiendo del vértigo de las influencias, de la recreación literaria de temas ajenos, como hace el propio Volpi con la obra de teatro Copenhague de Michael Frayn en su meritoria novela En busca de Klingsor, ni de nada parecido. Estamos hablando de firmar con nombre y apellidos textos escritos íntegramente por otros autores, de manera sistemática, por lustros. Y con una sentencia judicial en firme, ratificada en primera instancia, para una parte de estos plagios. Tampoco se trata de discutir la moral de los autores, que Volpi confunde cándidamente con firmar desplegados por las buenas causas, sino con algo que atañe al trabajo del escritor. A su moral autoral. Un refrán lo resume: sostenerla y no enmendarla.


Pero lo verdaderamente interesante de su post es que en un arrebato colérico, raro en él, confronta a Fernando Escalante Gonzalbo por acusarlo de plagio en su libro México. Lo que todo ciudadano quisiera (no) saber de su patria, en coautoría con Denise Dresser. Tiene razón Volpi en que todo el libro, cada línea, es obra suya y de su coautora. Faltaba más. Jon Stewart en su libro America habla de la historia de su país y Dresser y Volpi del nuestro. Pero adoptaron un modelo de libro por el que no pidieron permiso al creador original. En el libro sólo aparece una mención a Stewart en los agradecimientos, cuando en buena lid del copyright, debió aparecer desde la portada, como explica sobradamente Escalante en su contrarréplica. Es interesantísima esa genuina rabia con que Volpi defiende la originalidad de su obra: la misma que, imagino, debieron de sentir los autores plagiados de manera burda y literal por el ya clásico Bryce Echenique.


P.D. Dije “raro en él” porque Volpi suele aludir con rodeos y sin nombres. Así “quienes se promocionan como herederos de Paz” quiere decir, obviamente, Letras Libres. Como el único que ha seguido este tema en Letras Libres soy yo, le contesto que nunca me he “promocionado” como heredero de Octavio Paz. No trabajé en Vuelta y a Paz lo traté solo dos veces en mi vida. Su influjo, como digo en la antología para jóvenes que preparé de su obra, fue (y es) el más sano: de simple agradecido lector.


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El Premio FIL o contra el fair play literario

Durante los nueve días del año que dura la Feria Internacional del Libro de Guadalajara se reparte no menos de una veintena de premios y reconocimientos de toda laya: certámenes literarios entre estudiantes y empleados de la Universidad de Guadalajara (la institución pública que organiza la FIL tapatía), homenajes “al mérito editorial”,  al “bibliófilo del año”, al pabellón más mono de la expo-venta librera, a periodistas de la fuente cultural, a librerías del país, a bibliotecarios, a caricaturistas, a libros con ilustraciones, a traductores literarios, a escritores de literatura infantil y juvenil, a bibliotecarios, a féminas novelistas y como están las cosas no sería raro que pronto se incluyera también un premio para vates travestis.

Aun cuando muchos de esos galardones son honoríficos o casi, dos o tres de ellos se tasan en decenas de miles de dólares y uno en particular entrega una bolsa anual de 150 mil dólares, lo que lo coloca entre los premios literarios más cotizados del orbe hispanoamericano. Este último fue concebido hace 21 años como Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, aun cuando en 2007 perdió ese nombre por un conflicto suscitado entre los herederos de Rulfo y el comité organizador de dicho premio. Obligadamente cambió de denominación (ahora se llama Premio FIL en Lenguas Romances) pero su principal fuente de financiamiento sigue siendo la misma: instituciones y organismos públicos de Jalisco y del gobierno federal como el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, el Fondo de Cultura Económica, la Universidad de Guadalajara, el Gobierno de Jalisco, los ayuntamientos de Guadalajara y Zapopan, etcétera. El premio tampoco ha podido librarse de prácticas irregulares que lo han acompañado prácticamente desde su nacimiento.

A principios de 1992, una persona ligada a Juan José Arreola contó a quien esto escribe que había recibido una llamada telefónica de otro amigo de Arreola para preguntarle su opinión de que este último fuere propuesto como candidato al entonces llamado Premio Juan Rulfo. La respuesta del interrogado fue que Arreola no solo tenía sobrados merecimientos para ese eventual premio, sino que el dinero del mismo vendría a oxigenar su no muy boyante situación económica. Ante ello, el autor del telefonema le preguntó entonces si aceptaba ser parte del jurado del premio. El interrogado dijo que sí, el de la llamada telefónica fue presidente del jurado y Juan José Arreola ganó el Premio Juan Rulfo de ese año.

Aun cuando la obra de Arreola lo hacía merecedor de ese premio y de otros que nunca obtuvo (el Príncipe de Asturias y el Cervantes, por ejemplo), cabe preguntarse si esa forma de haberlo premiado no era algo irregular. Si no lo fue, al menos se trata de una práctica no muy ortodoxa, una de tantas que han acompañado a un premio que ahora, veinte años después, está envuelto en un escándalo mayúsculo porque en esta ocasión el jurado calificador del mismo decidió entregárselo a un plagiario de marca: el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, tristemente célebre por haber sido denunciado en repetidas ocasiones como ladrón intelectual y a quien, luego de habérsele comprobado ese delito, la justicia de su país lo sentenció a pagar una multa que sobrepasa los 50 mil dólares.

Entre las irregularidades más evidentes del ahora llamado Premio FIL está la forma de integrar el jurado que determina a quién ha de entregarse el galardón. Esa forma consiste en repetir ad nauseam a equis personas como sinodales del premio de marras. El caso más evidente es el del profesor peruano Julio Ortega, quien ha formado parte de ese  jurado en no menos de ¡ocho ocasiones!, y quien no solo ha tratado de justificar la apropiación de textos de otros autores en la que ha incurrido su paisano Bryce Echenique, sino que fue precisamente uno de los jueces literarios que decidieron otorgarle la edición 2012 del Premio FIL en Lenguas Romances a quien lo mismo firma textos propios que ajenos.

Aun cuando Julio Ortega no es la única persona que ha repetido como integrante de ese jurado, cabe preguntarse por qué el Comité Técnico del Premio FIL ha recurrido en tantas ocasiones a ese profesor del Departamento de Estudios Hispánicos de Brown University. ¿Tan competente es el doctor Ortega como para que en los últimos diez años haya figurado seis veces como parte del jurado? La respuesta tal vez haya que buscarla en la añeja relación clientelar que existe entre el susodicho y el ex rector Raúl Padilla, quien encabeza el cacicazgo que desde 1989 controla a la Universidad de Guadalajara, institución a la que sus autoridades no solo la hacen copatrocinar el premio en cuestión, sino que organiza y subsidia la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Con el presupuesto de esa casa de estudios (léase con el dinero de los contribuyentes), en 1993 Padilla y Ortega le organizaron dos homenajes multitudinarios a Carlos Fuentes: uno en las instalaciones de Brown University, en Providence, Rhode Island, y el otro en el paraninfo de la UdeG.


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Batallas televisivas: Los Simpson Vs. Community

LOS SIMPSON

Los Simpson es menos un programa de tele que un abono para la imaginación. De él provienen bromas, frases hechas, memes, imágenes que repetimos en el mejor momento. Véase, por ejemplo, este snowclone o lugar común: “I, for one, welcome our new X overlords”, donde X puede ser:

I, for one, welcome our new bake sale overlords

I, for one, welcome our new robot overlords

I, for one, welcome our new bloated, bloodsucking, disease bearing overlords…

O, literalmente, miles de variaciones sobre el tema. ¿La fuente? Por supuesto que Los Simpson. (La referencia: Homero en el espacio exterior, T05E15; lo dice Kent Brockman: “I, for one, welcome our new insect overlords”.) Lo mismo para “No lloren por mí, yo ya estoy X”, proveniente de Poncachondas, la película de Barney Gómez, “¿Alguien puede pensar en los niños?”, clamor de Magda Alegría, “Perfectirijillo”, que nadie podrá robarle nunca a Ned Flanders… Los Simpson no está en los genes, pero casi. Bart, Lisa u Homero nos son más familiares que muchos familiares. Después de años sin verlos los reconocemos, así sea como imágenes o reflejos un tanto deformes de nuestro recuerdo. Porque es cierto: a partir del año 2000, más o menos, la primera generación de adictos –me incluyo– los excluyó de sus necesidades, tal vez con razón, cuando menos hasta la aparición de la casi siempre lograda Simpsons movie en 2007. O acaso los Simpson nos abandonaron a nosotros: su humor bully comenzó por discrepar con el humor insano pero afectivo de las primeras temporadas y era también una forma de decir: Ya somos otros.

Está bien que así sea. Los Simpson es menos un programa de tele que un organismo, una cosa que crece y vive con nosotros. Es tan vasto –en julio de 2012, su wiki tenía 8284 artículos– que es más fácil ponderarlo por temporadas que por episodios. Aquí mi selección de la uno a la diez, en orden creciente:

1o. Temporada 1: Vista ahora: visualmente tosca, sin dirección, sin la agudeza que íbamos a terminar por esperar. Ya hay, sin embargo, el embrión de grandeza pop en capítulos como ‘Bart el general’ o el Bart ninja de ‘La cabeza delatora’.

9. Temporada 10. Como es sabido, esta es la temporada donde comenzó el éxodo de la primera generación. Pero un gran momento de la décima de Los Simpson –ejemplo: el jipismo de Homero en ‘D’oh-In’ in the Wind’– sigue siendo mejor que, digamos, todo el humorismo actual de la televisión mexicana. De calle.

8. Temporada 9. Loca, rarísima y a veces francamente molesta. ¿El mejor gag de la temporada? Milhouse: “Tengo tanta hambre que comería en Arby’s.” (‘El autobús’, perversión de El señor de las moscas.)

7.  Temporada 7. Grandes capítulos (‘Bart vende su alma’, ‘Lisa, la vegetariana’) mezclados con un par de grandes errores (‘El mal vecino’, con George W. Bush, ’22 cortos sobre Springfield’: ambos, buenas ideas desperdiciadas).

6. Temporada 8. Delirio en full swing, locura, conversación directa con el televidente; además, Homero aún no es un patán irredimible. Dos joyas: ‘Bart de noche’ (el de la Maison Derrière y uno de los grandes números musicales de la serie: We put the ‘spring’ in Springfield), ‘El show de Tomy y Daly y Poochie’.

5. Temporada 2. Los Simpson todavía no era Los Simpson pero estaba a punto de serlo. Ya están los episodios entrañables –‘Bart reprueba’, ‘La guerra de los Simpson’–, la referencia pop –las escaleras de De entre los muertos en ‘El último tren’–; falta nada más la perfección técnica.

4. Temporada 6. El primer ascenso de la serie hacia las montañas de la locura –n ejemplo: el capítulo de los Magios (‘Homero el Grande’), con sus excesos de irrealidad– pero aún con un pie en la capacidad afectiva –ejemplo: el encantador ‘Lisa sobre hielo’, con las guerras de hockey entre Lisa la portera y Bart el delantero.

3. Temporada 4. Una temporada redonda, sin aristas o baches. ‘Kampo Krusty’, con su escapada al lugar más divertido del mundo (Tijuana, para quienes no lo sepan), ‘Un tranvía llamado Marge’, ‘Homero hereje’, donde Dios le revela la verdad del universo a Homero, ‘Don Barredora’, con el mejor peor rap de la Historia.

2. Temporada 3. Una de las cosas más conmovedoras y divertidas que se han visto en televisión –mejor dicho: en cualquier arte. ‘Papá está loco’ (con Michael Jackson), ‘El perro de Bart reprueba’, ‘El día que cayó Flanders’, ‘Llamarada Moe’, ‘Bart, el amante’ (el de Krabappel y la gran línea para el truene: “Bienvenida a Botadero. Población: Tú.”). El catálogo: una carcajada y una ruptura del corazón.

1. Temporada 5. Échense este trompo a la uña: ‘La última tentación de Homero’, ‘Lisa contra la Beibi Malibú’, ‘Homero va a la universidad’, ‘Homero en el espacio profundo’, ‘El oso de Burns’, ‘Homero y Apu’, ‘Cabo de miedosos’ y, sí, ‘El cuarteto de Homero’. Aquí es donde Kent Brockman dice: “I, for one, welcome our new insect overlords.” Una temporada perfecta: íntima, musical, juguetona, chiflada.


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Murió Lazcano... ¿y?

Por irresistible que sea, dejemos por un momento la reflexión sobre el tragicómico proceso de la difusión de la muerte de Heriberto Lazcano y el destino-hurto-extravío de sus restos.

Después de la muerte de Lazcano habrá que concederle algo a Felipe Calderón: al menos en la estrategia propuesta inicialmente por su gobierno, la lucha contra las organizaciones criminales ha sido un éxito. El equipo calderonista ha explicado muchas veces que el eventual “triunfo” del Estado mexicano comienza con la captura o asesinato de los principales líderes del narcotráfico en el país. Desde esa perspectiva, el gobierno ha cumplido con creces. Hace seis años, prácticamente todas las organizaciones criminales mexicanas podían presumir de un organigrama intacto. Un sexenio más tarde, casi todo el primer círculo de al menos cuatro de las peores bandas criminales del México moderno ha sido, para usar un adjetivo muy de nuestros tiempos, “desarticulado”. Solo el cártel de Sinaloa ha evitado el arresto de sus cabecillas. 25 de los 37 capos más importantes están detenidos o bajo tierra. Si cayera Joaquín Guzmán, el gobierno podría presumir la captura de la gran mayoría de los líderes históricos del narcotráfico en México. No es poca cosa.

O quizá sí lo es. Parte de la desgracia mexicana es que, seis años después de comenzada la guerra, aún no está claro si la estrategia de decapitación resultará en una disminución sostenida de la violencia y en la recuperación de las funciones del Estado en los lugares que dejaron de regirse por las leyes del país. En otras palabras: ¿el descabezamiento de las organizaciones criminales las debilitará volviéndolas más manejables o dará paso al peligroso surgimiento de nuevas y voraces cabezas de la hidra, hombres menos preparados, más ambiciosos y más sanguinarios; eso que expertos como Alejandro Hope llaman “bandolerismo”? ¿Es esa la mejor manera de acabar con el círculo vicioso de un negocio tan redituable y persistente como el narcotráfico? ¿Servirá de algo la estrategia cuando todavía se ve tan lejano el día en que México tenga fuerzas policiacas locales ya no incorruptibles —parece una utopía— sino mínimamente confiables?

Esas son las preguntas que importan ahora. Y nadie, en realidad, tiene una respuesta definitiva. Quien diga lo contrario, miente.


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