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La vida es sueño - Calderón de la Barca

 Pocas obras maestras se muestran tan vigentes hoy día (un hoy especialmente predispuesto a la añoranza barroca) como La vida es sueño. Drama religioso o filosófico que, desde el absoluto seiscentista, urde sus raíces en los mitos orientales, la literalidad de su lección moral es capaz, sin embargo, de traducirse en lectura política (educación de príncipes) y en grito revolucionario. Pero, sobre todo, es pieza clave en la historia del conocimiento (mal que pese a la intransigencia de ciertas críticas unilaterales), del reconocimiento por parte del hombre de su conciencia de existir.
Desde el mito de la caverna de Platón hasta la frontera de la modernidad que supone su proximidad en el tiempo y en las inquietudes a la filosofía cartesiana, La vida es sueño se constituye en modelo de la duda metódica resuelta no a través de la seguridad del pensar, sino por medio de una peripecia trágica que desemboca en el absoluto moral. Por medio de una magnífica parábola literaria y de la grandiosidad de una puesta en escena que vislumbramos en la fuerza suasoria del discurso, Calderón muestra cómo sobre el error no se puede levantar el edificio de la verdad. Y que la pasión, como todo lo humano, puede someterse a sistema.
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La Colmena - Camilo José Cela

Nota a la Primera Edición

Mi novela La colmena, primer libro de la serie Caminos inciertos, no es otra cosa que un pálido reflejo, que una humilde sombra de la cotidiana, áspera, entrañable y dolorosa realidad.
Mienten quienes quieren disfrazar la vida con la máscara loca de la literatura. Ese mal que corroe las almas; ese mal que tiene tantos nombres como queramos darle, no puede ser combatido con los paños calientes del conformismo, con la cataplasma de la retórica y de la poética.
Esta novela mía no aspira a ser más —ni menos, ciertamente— que un trozo de vida narrado paso a paso, sin reticencias, sin extrañas tragedias, sin caridad, como la vida discurre, exactamente como la vida discurre. Queramos o no queramos. La vida es lo que vive —en nosotros o de nosotros—; nosotros no somos más que su vehículo, su excipiente como dicen los boticarios.
Pienso que hoy no se puede novelar más —mejor o peor— que como yo lo hago. Si pensase lo contrario, cambiaría de oficio.
Mi novela —por razones particulares— sale en la República Argentina; los aires nuevos —nuevos para mi— creo que hacen bien a la letra impresa. Su arquitectura es compleja, a mí me costó mucho trabajo hacerla. Es claro que esta dificultad mía tanto pudo estribar en su complejidad como en mi torpeza. Su acción discurre en Madrid —en 1942— y entre un torrente, o una colmena, de gentes que a veces son felices,y a veces, no. Los ciento sesenta personajes{1} que bullen —no corren— por sus páginas, me han traído durante cinco largos años por el camino de la amargura. Si acerté con ellos o con ellos me equivoqué, es cosa que deberá decir el que leyere.
La novela no sé si es realista, o idealista, o naturalista, o costumbrista, o lo que sea. Tampoco me preocupa demasíado. Que cada cual le ponga la etiqueta que quiera; uno ya está hecho a todo.
C. J. C.

Nota a la Segunda Edición

Pienso lo mismo que hace cuatro años. También siento y preconizo lo mismo. En el mundo han sucedido extrañas cosas —tampoco demasiado extrañas—, pero el hombre acorralado, el niño viviendo como un conejo, la mujer a quien se le presenta su pobre y amargo pan de cada día colgado del sexo —siniestra cucaña— del tendero ordenancista y cauto, la muchachita en desamor, el viejo sin esperanza, el enfermo crónico, el suplicante y ridiculo enfermo crónico, ahí están. Nadie los ha movido. Nadie los ha barrido. Casi nadie ha mirado para ellos.
Sé bien que La colmena es un grito en el desierto; es posible que incluso un grito no demasiado estridente o desgarrador. En este punto jamás me hice vanas ilusiones. Pero, en todo caso, mi conciencia bien tranquila está.
Sobre La colmena, en estos cuatro años transcurridos, se ha dicho de todo, bueno y malo, y poco, ciertamente, con sentido común. Escuece darse cuenta que las.gentes siguen pensando que la literatura, como el violín, por ejemplo, es un entretenimiento que, bien mirado, no hace daño a nadie. Y ésta es una de las quiebras de la literatura.
Pero no merece la pena que nos dejemos invadir por la tristeza. Nada tiene arreglo: evidencia que hay que llevar con asco y con resignación. Y, como los más elegantes gladiadores del circo romano, con una vaga sonrisa en los labios.
C. J. C.

Nota a la Tercera Edición

Quisiera desarrollar la idea de que el hombre sano no tiene ideas. A veces pienso que las ideas religiosas, morales, sociales, políticas, no son sino manifestaciones de un desequilibrio del sistema nervioso. Está todavía lejano el tiempo en que se sepa que el apóstol y el iluminado son carne de manicomio, insomne y temblorosa flor de debilidad. La historia, la indefectible historia, va a contrapelo de las ideas. O al margen de ellas. Para hacer la historia se precisa no tener ideas, como para hacer dinero es necesario no tener escrúpulos. Las ideas y los escrúpulos —para el hombre acosado: aquel que llega a sonreír con el amargo rictus del triunfador— son una remora. La historia es como la circulación de la sangre o como la digestión de los alimentos. Las arterias y el estómago, por donde corre y en el que se cuece la sustancia histórica, son de duro y frío pedernal. Las ideas son un atavismo —algún día se reconocerá— jamás una cultura y menos aún una tradición. La cultura y la tradición del hombre, como la cultura y la tradición de la hiena o de la hormiga, pudieran orientarse sobre una rosa de tres solos vientos: comer, reproducirse y destruirse. La cultura y la tradición no son jamás ideológicas y si, siempre, instintivas. La ley de la herencia —que es la más pasmosa ley de la biología— no está ajena a esto que aquí vengo diciendo. En este sentido, quizás admitiese que hay una cultura y una tradición de la sangre. Los biólogos, sagazmente, le llaman instinto. Quienes niegan o, al menos, relegan al instinto —los ideólogos—, construyen su artilugio sobre la problemática existencia de lo que llaman el "hombre interior", olvidando la luminosa adivinación de Goethe: está fuera todo lo que está dentro. Algún día volveré sobre la idea de que las ideas son una enfermedad. Pienso lo mismo que dos años atrás. Desde mi casa se ven, anclados en la bahía, los grises, poderosos, siniestros buques de la escuadra americana. Un gallo cacarea, en cualquier corral, y una niña de dulcecita voz canta —¡oh, el instinto!— los viejos versos de la viudita del conde de Oré.
No merece la pena que nos dejemos invadir por la tristeza. La tristeza también es un atavismo.
C. J. C.
Palma de Mallorca, 18 de junio de 1957

Nota a la Cuarta Edición

Seguimos en las mismas inútiles resignaciones: los mismos dulces paisajes que tanto sirven para un roto como para un descosido. Es grave confundir la anestesia con la esperanza; también lo es, tomar el noble rábano de la paciencia por las ruines hojas —lacias, ajadas, trémulas— de la renunciación.
Desde la última salida de estas páginas han pasado cinco años más: el tiempo, en nuestros corazones, lleva cinco años más parado, igual que una ave zancuda muerta —y enhiesta e ignorante— sobre la muerta roca del cantil. ¡Qué ridicula, la carne que envejece sin escuchar el zarpazo —o el lento roído— del tiempo, ese alacrán!
Sobre los zurrados cueros de mis títeres (Juan Lorenzo, natural de Astorga, hubiera dicho caeran fornecinos e de rafez affer){2} han caído no cinco, sino veinte lentos, degollados, monótonos años. Para los míos —que el tiempo late en los de todos y de su marca no se libra ni la badana de los tres estamentos barbirrapados: curas, cómicos y toreros— también sonaron los veinte agrios (o no tan agrios) avisos de veinte sansilvestres.
Sí. Han pasado los años, tan dolorosos que casi ni se sienten, pero la colmena sigue bullendo, pese a todo, en adoración y pasmo de lo que ni entiende ni le va. Unas insignias (el collar del perro que no cambia) han sido arrumbadas por las otras y los usos de mis pobres conejos domésticos (que son unos pobres conejos domésticos que, a lo que se ve, sólo aspiran a ir tirandillo) se fueron acoplando, dóciles y casi suplicantes, al último chinchín que les sopló (¡qué ilusión mandar a la plaza todos los días!) en las orejas.
A la historia —y éste es un libro de historia, no una novela— le acontece que, de cuando en cuando, deja de entenderse. Pero la vida continúa, aun a su pesar, y la historia, como la vida, también sigue cociéndose en el inclemente puchero de la sordidez. A lo mejor la sordidez, como la tristeza de la que hablaba hace cinco años, también es un atavismo.
La política —se dijo— es el arte de encauzar la inercia de la historia. La literatura, probablemente, no es más cosa que el arte (y, a lo mejor, ni aun eso) de reseñar la marejadilla de aquella inercia. Todo lo que no sea humildad, una inmensa y descarada humildad, sobra en el equipaje del escritor: ese macuto que ganaría en eficacia si acertara a tirar por la borda, uno tras otro, todos los atavismos que lo lastran. Aunque entonces, quizás, la literatura muriese: cosa que tampoco debería preocuparnos demasiado.
C. J. C.
Palma de Mallorca, 7 de mayo de 1962

ULTIMA RECAPITULACIÓN

Arrojar la cara importa,
que el espejo no hay por qué.
Quevedo
... un pálido reflejo, una humilde sombra de la... realidad.
... sin reticencias, sin extrañas tragedias, sin caridad...
Nota a la 1.ª edición
... un grito en el desierto...
... no merece la pena que nos dejemos invadir por
la tristeza.
Nota a la 2.ª edición
... las ideas religiosas, morales, sociales, políticas, no son sino manifestaciones de un desequilibrio del sistema nervioso. Las ideas y los escrúpulos... son una remora.
Nota a la 3.ª edición
Seguimos en las mismas inútiles resignaciones... Es grave confundir la anestesia con la esperanza...
Nota a la 4ª edición
Hay reglas generales: las aguas siempre vuelven a sus cauces, las aguas siempre vuelven a salirse de sus cauces, etc. Pero al fantasma, aún tenue, de la realidad, no ha nacido quien lo apuntille, quien le dé el certero cachetazo que le haga estirar la pata de una puñetera vez y para siempre. El mundo gira, y las ideas (?) de los gobernantes del mundo, las histerias, las soberbias, los enfermizos atavismos de los gobernantes del mundo, giran también y a compás y según convenga. En este valle de lágrimas faltan dos cosas: salud para rebelarse y decencia para mantener la rebelión; honestamente y sin reticencias, con naturalidad y sin fingir extrañas tragedias, sin caridad, sin escrúpulos, sin insomnios (tal como los astros marchan o los escarabajos se hacen el amor). Todo lo demás es pacto y música de flauta.
En uno de estos giros, sonámbulos giros, del inmediato mundo. La colmena se ha quedado dentro. Lo mismo hubiera podido —a iguales méritos e intención— acontecer lo contrario. Lo mismo, también, hubiera podido no haberse escrito por quien la escribió: otro lo hubiera hecho. O nadie (seamos humildes, inmensa y descaradamente humildes, etc.). El escritor puede llegar hasta el asesinato para redondear su libro; tan sólo se le exige que —en su asesinato y en su libro— sea auténtico y no se dejé arrastrar por las afables y doradas remoras que la sociedad, como una ajada amante ya sin encantos, le brinda a cambio de que enmascare el latido de aquello que a su alrededor sucede.
El escritor también puede ahogarse en la vida misma:
en la violencia, en el vicio, en la acción. Lo único que al escritor no le está permitido es sonreír, presentarse a los concursos literarios, pedir dinero a las fundaciones y quedarse entre Pinto y Valdemoro, a mitad de camino. Si el escritor, no se siente capaz de dejarse morir de hambre, debe cambiar de oficio. La verdad del escritor no coincide con la verdad de quienes reparten el oro. No quiere decirse que el oro sea menos verdad que la palabra, y sí, tan sólo, que la palabra de la verdad no se escribe con oro, sino con sangre (o con mierda de moribundo, o con leche de mujer, o con lágrimas).
La ley del escritor no tiene más que dos mandamientos: escribir y esperar. El cómplice del escritor es el tiempo. Y el tiempo es el implacable gorgojo que corroe y hunde la sociedad que atenaza al escritor. Nada importa nada, fuera de. la verdad de cada cual. Y todavía menos que nada, debe importar la máscara de la verdad (aun la máscara de la verdad de cada cual).
El escritor es bestia de aguantes insospechados, animal de resistencias sinfín, capaz de dejarse la vida —y la reputación, y los amigos, y la familia, y demás confortables zarandajas— a cambio de un fajo de cuartillas en el que pueda adivinarse su minúscula verdad (que, a veces, coincide con la minúscula y absoluta libertad exigible al hombre). Al escritor nada, ni siquiera la literatura, le importa. El escritor obediente, el escritor uncido al carro del político, del poderoso o del paladín, brinda a quienes ven los toros desde la barrera (los hombres clasificados en castas, clases o colegios) un espectáculo demasiado triste. No hay más escritor comprometido que aquel que se jura fidelidad a sí mismo, que aquel que se compromete consigo mismo. La fidelidad a los demás, si no coincide, como una moneda con otra moneda, con la violenta y propia fidelidad al dictado de nuestra conciencia, no es maña de mayor respeto que la disciplina —o los reflejos condicionados— del caballo del circo.
El escritor nada pide porque nada —ni aun voz ni pluma— necesita, y le basta con la memoria. Amordazado y maniatado, el escritor sigue siendo escritor. Y muerto, también: que su voz resuena por el último confín del desierto, y que el recuerdo de sus criaturas ahí queda. Mal que pese a los pobres títeres que quieren arreglar el mundo con el derecho administrativo.
A la sociedad, para ser feliz en su anestesia (las hojas del rábano de la esperanza), le sobran los escritores. Lo malo para la sociedad es que no ha encontrado la fórmula de raerlos de sí o de hacerlos callar. Tampoco está en el camino de conseguirlo.
En los tiempos modernos, el escritor ha adoptado cuatro sucesivas actitudes ante los políticos obstinados en conducir al hombre por derroteros artificiales (todos los derroteros por donde los políticos han querido conducir al hombre son artificiales, y todos los políticos se obstinaron en no permitir al hombre caminar por su natural senda de íntima libertad). Al escritor que se hubiera cambiado por el político sucedió el escritor que se conformaba con marchar a remolque del político. Al escritor que se siente lazarillo del político, ¡qué ingenua soberbia!, seguirá el escritor que lo despreciará. La historia tiene ya el número de páginas suficientes para enseñarnos dos cosas: que jamás los poderosos coincidieron con los mejores, y que jamás la política (contra todas las apariencias) fue tejida por los políticos (meros canalizadores de la inercia histórica). El fiscal de esta inercia y de los zurriagazos de quienes quieren, vanamente, llevarla por aquí o por allá, es el escritor. El resultado nada ha de importarle. La literatura no es una charada: es una actitud.
C. J. C.
Palma de Mallorca, 2 de junio de 1963
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Viaje a la Alcarria - Camilo José Cela

UNOS DÍAS ANTES I

EL viajero está echado, boca arriba, sobre una chaise-longue forrada de cretona. Mira, distraídamente, para el techo y deja volar libre la imaginación, que salta, como una torpe mariposa moribunda, rozando, en leves golpes, las paredes, los muebles, la lámpara encendida. Está cansado y nota un alivio grande dejando caer las piernas, como marionetas, en la primera postura que quieran encontrar.
El viajero es un hombre joven, alto, delgado. Está en mangas de camisa fumando un cigarrillo. Lleva ya varias horas sin hablar, varias horas que no tiene con quién hablar. De cuando en cuando bebe un sorbo —ni pequeño ni grande— de whisky o silba, por lo bajo, alguna cancioncilla.
En la casa todo es silencio; la familia del viajero duerme. En la calle sólo algún taxi errabundo rompe, muy de tarde en tarde, la piadosa intimidad de los serenos.
La habitación está revuelta. Sobre la mesa, cientos de cuartillas en desorden dan fe de muchas horas de trabajo. Extendidos sobre el suelo, clavados con chinchetas a las paredes, diez, doce, catorce mapas con notas y acotaciones en tinta, con fuertes trazos de lápiz rojo, con blancas banderitas sujetas con alfileres.
—Después, nada de esto sirve nunca para nada. ¡Siempre pasa igual!
A caballo de una silla duerme la chaqueta de dura pana. En la alfombra, al lado de un montón de novelas, descansan las remachadas botas de andar. Una cantimplora nueva espera su carga de espeso y saludable vino tinto. Suena en el noble, en el viejo reloj de nogal, la última campanada de una alta hora de la noche.
El viajero se levanta, pasea la habitación, pone derecho un cuadro, empuja un libro, huele unas flores. Ante un mapa de la península se para, ambas manos en los bolsillos del pantalón, las cejas casi imperceptiblemente fruncidas.
El viajero habla despacio, muy despacio, consigo mismo, en voz baja y casi como si quisiera disimular.
—Sí, la Alcarria. Debe ser un buen sitio para andar, un buen país. Luego, ya veremos; a lo mejor no salgo más; depende.
El viajero enciende otro cigarrillo —a poco más se quema el dedo con el mixto—, se sirve otro whisky.
—La Alcarria de Guadalajara. La de Cuenca, ya no; por Cuenca puede que ande el pinar; o la Mancha, ¡quién sabe!, con sus lentos caminos.
El viajero hace un gesto con la boca.
—Y tampoco importa que me salga un poco, si me salgo. Después de todo, ¿qué más da? Nadie me obliga a nada; nadie me dice: métase por aquí, suba por allí, camine aquel ribazo, esta laderilla, esta otra vaguada tierna y de buen andar.
El viajero revuelve entre los papeles de la mesa buscando un doble decímetro. Lo encuentra, se acerca de nuevo a la pared y, con el pitillo en la boca y el entrecejo arrugado para que no se le llenen los ojos de humo, pasea la regla sobre el mapa.
—Etapas ni cortas ni largas, es el secreto. Una legua y una hora de descanso, otra legua y otra hora, y así hasta el final. Veinte o veinticinco kilómetros al día ya es una buena marcha; es pasarse las mañanas en el camino. Después, sobre el terreno, todos estos proyectos son papel mojado y las cosas salen, como pasa siempre, por donde pueden.
Busca unas notas, consulta un cuadernillo, hojea una vieja geografía, extiende sobre la mesa un plano de la región.
—Sí; sin duda alguna, las regiones naturales. Los ríos unen y las montañas separan, es la vieja sabiduría; no hay otra división que valga.
El viajero se distrae un instante y toma, de la estantería, el primer libro que alcanza: la Historia de Galicia, de don Manuel Murguía, encuadernado en rojo cartoné ya desvaído por el tiempo. No lo necesita para nada; en realidad, lo coge sin darse cuenta.
—Es gracioso este libro..., es un libro lleno de paciencia.
El viajero está medio dormido y da un par de cabezadas mientras pasa las hojas. Se despierta de nuevo del todo, cuando lee al pie de una lámina: Cromlech que existe en Pontes de García Rodríguez. Lo devuelve a su sitio y piensa que, realmente, tiene los libros bastante mal ordenados. La Historia de Galicia queda entre una Fisiología e Higiene, del bachillerato, y el The sun aiso rises, de Hemingway.
El viajero vuelve ante el mapa.
—Las ciudades las bordearé, como los buhoneros y los gitanos, igual que el jabalí y el gato garduño.
Se rasca una ceja y arruga la frente. El viajero no está muy convencido.
—O no, no las bordearé. Las ciudades hay que cruzarlas, a media tarde, cuando las señoritas salen a pasear un rato, antes del rosario.
El viajero sonríe. Tiene los ojos semicerrados, como de estar soñando.
—Bueno, ya veremos.
Se queda un rato en silencio, pensando muy confuso, muy precipitadamente. Es ya muy tarde.
—¡Qué barbaridad!
El viajero —que se cansa de golpe, igual que un pájaro herido— piensa, al final, que ya sólo falta empezar, que quizás esté dándole demasiadas vueltas en la cabeza a un viaje que se quiere hacer un poco a rumbo, un poco como el fuego en una era: a la buena de Dios y a la que salga.
De la misma botella bebe el último trago.
—No. Estas son las cuentas de la lechera; lo mejor será coger el macuto y echarse a andar.
Se desnuda, desdobla la manta de pelo, apaga la luz y se echa a dormir sobre la chaise-longue forrada de cretona.
Fuera se oye el distante golpear del chuzo contra la acera. Por las rendijas de la persiana se cuela un hilito de claridad. Pasan lentos, entumecidos, los carros de los primeros traperos. El viajero se ha dormido al tiempo de nacer el día como un pollo que sale, un poco avergonzadamente, del derrotado y tibio cascarón.
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La familia de Pascual Duarte - Camilo José Cela

Nota del transcriptor

Me parece que ha llegado la ocasión de dar a la imprenta las memorias de Pascual Duarte. Haberlas dado antes hubiera sido quizás un poco precipitado; no quise acelerarme en su preparación, porque todas las cosas quieren su tiempo, incluso la corrección de la errada ortografía de un manuscrito, y porque a nada bueno ha de concluir una labor trazada, como quien dice, a uña de caballo. Haberlas dado después, no hubiera tenido, para mí, ninguna justificación; las cosas deben ser mostradas una vez acabadas.
Encontradas, las páginas que a continuación transcribo, por mí y a mediados del año 39, en una farmacia de Almendralejo —donde Dios sabe qué ignoradas manos las depositaron— me he ido entreteniendo, desde entonces acá, en irlas traduciendo y ordenando, ya que el manuscrito —en parte debido a la mala letra y en parte también a que las cuartillas me las encontré sin numerar y no muy ordenadas—, era punto menos que ilegible.
Quiero dejar bien patente desde el primer momento, que en la obra que hoy presento al curioso lector no me pertenece sino la transcripción; no he corregido ni añadido ni una tilde, porque he querido respetar el relato hasta en su estilo. He preferido, en algunos pasajes demasiado crudos de la obra, usar de la tijera y cortar por lo sano; el procedimiento priva, evidentemente, al lector de conocer algunos pequeños detalles —que nada pierde con ignorar—; pero presenta, en cambio, la ventaja de evitar el que recaiga la vista en intimidades incluso repugnantes, sobre las que —repito— me pareció más conveniente la poda que el pulido.
El personaje, a mi modo de ver, y quizá por lo único que lo saco a la luz, es un modelo de conductas; un modelo no para imitarlo, sino para huirlo; un modelo ante el cual toda actitud de duda sobra; un modelo ante el que no cabe sino decir:
—¿Ves lo que hace? Pues hace lo contrario de lo que debiera. Pero dejemos que hable Pascual Duarte, que es quien tiene cosas interesantes que contarnos.
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Más allá del planeta silencioso - Lewis C. S.

1

Apenas habían dejado de caer las últimas gotas del chaparrón cuando el caminante hundió el mapa en el bolsillo, se acomodó la mochila sobre los hombros cansados y salió del refugio que le había brindado un imponente castaño al centro del camino. Hacia el oeste, un violento crepúsculo amarillo se derramaba por una grieta entre las nubes, pero, sobre las montañas que se alzaban más adelante, el cielo tenía el color de la pizarra oscura. Caían gotas de cada árbol y de cada hierba, y el camino brillaba como un río. El caminante no perdió tiempo en el paisaje; partió de inmediato con el paso decidido de quien ha advertido que deberá ir más lejos de lo que había pensado. Ésa, justamente, era su situación. Si hubiera decidido mirar atrás, cosa que no hizo, habría visto la aguja de Much Nadderby y lanzado entonces una maldición al hotelito inhóspito que, aunque obviamente vacío, le había negado una cama. El lugar había cambiado de dueño desde su última excursión a pie por la región. El anciano propietario bondadoso que había esperado encontrar había sido reemplazado por alguien a quien la cantinera había llamado «la señora», y, según parecía, la señora era una posadera británica de la escuela ortodoxa, que consideraba a los pensionistas una molestia. Ahora su única oportunidad era Sterk, en el extremo de las colinas y a unos diez kilómetros de distancia. El mapa indicaba que había una fonda en Sterk. El caminante tenía la experiencia necesaria como para no fundar esperanzas eufóricas en semejante dato, pero no parecía haber otra posibilidad a su alcance.
Caminaba con bastante rapidez, sin mirar a los lados, como alguien que trata de hacer más llevadera la marcha con una serie de ideas interesantes. Era alto, pero un poco cargado de hombros, tenía entre treinta y cinco y cuarenta años y se vestía con ese desaliño peculiar que caracteriza a un miembro de la intelligentsia de vacaciones. A primera vista se le podría haber confundido con un doctor o con un maestro de escuela, aunque no tenía ni el aire mundano del primero ni la indefinible vivacidad del segundo. En realidad, era filólogo y miembro de un college de Cambridge. Se llamaba Ransom.
Cuando dejó Nadderby había esperado pasar la noche en alguna granja acogedora antes de llegar al lejano Sterk. Pero esa zona de las montañas parecía casi deshabitada. Era una región solitaria, monótona, dedicada a la cría de nabos y repollos, con raquíticos cercos de arbustos y árboles escasos. No atraía visitantes, como la zona más rica que había al sur de Nadderby, y las colinas la separaban de las zonas industriales que se extendían más allá de Sterk. Mientras el crepúsculo caía y se iba apagando el sonido de los pájaros, el campo se fue haciendo más silencioso de lo que suele ser el campo inglés. El ruido de sus propias pisadas sobre el camino de grava se volvió irritante.
Había caminado de este modo durante unos tres kilómetros cuando vio una luz. En ese momento estaba muy cerca de las montañas y la oscuridad era casi total, así que alimentó esperanzas de encontrar una sólida granja, hasta que se acercó lo suficiente al origen de la luz, que demostró ser una pequeñísima y humilde vivienda de ladrillos estilo siglo XIX. Una mujer se abalanzó desde el umbral mientras él se aproximaba y casi lo embistió.
—Perdóneme, señor —dijo—. Creí que era mi Harry.
Ransom le preguntó si había algún lugar antes de Sterk donde pudiera pasar la noche.
—No, señor —dijo la mujer—. Antes de Sterk no. Yo diría que pueden prepararle algo en Nadderby.
Hablaba con voz apocada y desganada, como si tuviera la mente ocupada en otra cosa. Ransom le explicó que ya había probado suerte en Nadderby.
—Entonces no sé, señor, no sé —contestó—. Casi no hay casas antes de Sterk, no de las que usted busca. Sólo está La Colina, donde trabaja mi Harry, y creí que usted venía de ese lado, señor, y por eso salí al oírlo, creyendo que sería él. Hace rato que tendría que estar en casa.
—La Colina —dijo Ransom—. ¿Qué es eso? ¿Una granja? ¿Me recibirían?
—Oh, no, señor. Mire, allí no hay nadie aparte del profesor y el caballero de Londres, no desde que murió la señorita Alicia. Ellos no harían nada de eso, señor. Ni siquiera tienen sirviente, salvo mi Harry que los ayuda con el horno, y él no entra en la casa.
—¿Cómo se llama el profesor? —preguntó Ransom, con una débil esperanza.
—No sé, señor, no sé —dijo la mujer—. El otro caballero es el señor Devine, y Harry dice que el otro caballero es un profesor. Mire, señor, él no sabe mucho de eso porque es un poco ingenuo y por eso es que no me gusta que vuelva tan tarde a casa, y ellos dijeron que siempre lo mandarían a las seis, lo que no quiere decir que no sea suficiente trabajo por un día.
La voz monótona y el vocabulario limitado de la mujer no expresaban mucha emoción, pero Ransom estaba a una distancia que le permitía apreciar que la mujer estaba temblando, a punto de llorar. Se le ocurrió que su deber era llamar a las puertas del misterioso profesor y pedirle que enviara al muchacho de vuelta a casa, y sólo una fracción de segundo más tarde se le ocurrió que una vez dentro de la casa (entre hombres de su propia profesión) podía muy razonablemente aceptar la oferta de albergue por una noche. Cualquiera que hubiese sido el curso de sus pensamientos, descubrió que la imagen mental de sí mismo llamando a las puertas de La Colina había adquirido toda la solidez de una decisión previa. Le dijo a la mujer lo que pretendía hacer.
—Muchísimas gracias, señor, realmente —le dijo—. Y si fuera tan amable, vea que pase por el portón de entrada y empiece a caminar hacia aquí antes de que usted se vaya; no sé si me entiende, señor. Le tiene mucho miedo al profesor y no se vendría una vez que usted le diera la espalda, señor, si ellos mismos no se lo han ordenado.
Ransom tranquilizó a la mujer lo mejor que pudo y se despidió después de asegurarse de que encontraría La Colina a su izquierda, a cinco minutos. La rigidez de sus músculos había aumentado y reinició la marcha lenta y dolorosamente.
No había señales de luces a la izquierda de la carretera: nada salvo los campos llanos y una masa de oscuridad que tomó por un montecito. Parecieron pasar más de cinco minutos antes de alcanzarlo y descubrir que se había equivocado. Estaba separado del camino por un grueso seto de arbustos y en él había un portón blanco: los árboles que se alzaron sobre él mientras examinaba la entrada no eran la primera hilera de arbustos sino sólo una más a través de cuyas ramas se veía el cielo. Ahora se sintió bastante seguro de que ésa debía de ser la entrada a La Colina y de que los setos rodeaban una casa y un jardín. Empujó el portón y descubrió que estaba cerrado con llave. Por un momento permaneció indeciso, desanimado por el silencio y la oscuridad creciente. Cansado como estaba, su primera intención fue continuar el viaje hacia Sterk, pero se había comprometido con la anciana a cumplir un molesto deber. Sabía que, si uno realmente quería, era posible abrirse paso a través del seto. El no quería. ¡Se vería tan tonto entrando con torpeza en la propiedad de un jubilado excéntrico (la clase de hombre que cierra las puertas con llave en el campo), con la estúpida historia de una madre histérica sumida en lágrimas porque han demorado a su hijo idiota media hora en el trabajo! Sin embargo, era evidente que tendría que entrar y, como uno no puede arrastrarse a través de un seto de arbustos con la mochila puesta, se la sacó y la lanzó por encima del portón. En cuanto lo hizo, le pareció que no se había decidido hasta ese momento: ahora debía entrar al jardín aunque sólo fuera para recuperar la mochila. Se sintió furioso con la mujer y consigo mismo, pero se puso a cuatro patas y empezó a arrastrarse dentro del seto.
La operación resultó más difícil de lo que había esperado y pasaron varios minutos antes de poder ponerse de pie en la húmeda oscuridad del otro lado, con la piel ardiendo por el contacto con espinas y ortigas. Buscó a tientas el portón, cogió la mochila y entonces se volvió por primera vez para hacer un inventario de lo que lo rodeaba. Sobre el camino de entrada había más luz que bajo los arbustos y no tuvo dificultades en distinguir un amplio edificio de piedra más allá de una extensión de césped abandonado y descuidado. Un poco más adelante el camino se abría en dos: el sendero de la derecha conducía en una suave curva hasta la puerta de entrada, mientras que el izquierdo seguía en línea recta, sin duda hasta la parte posterior del edificio. Notó que este último estaba surcado por huellas profundas, ahora llenas de agua, como si hubiera soportado el tránsito de vehículos pesados. El otro, sobre el que comenzaba a acercarse a la casa, estaba cubierto de musgo. En la casa misma no se veían luces: algunas ventanas tenían postigos, otras bostezaban pálidas sin postigos ni ventanas, todas inhóspitas y muertas. La única señal de vida era una columna de humo que se alzaba tras la casa con una densidad tal que sugería más la chimenea de una fábrica, o al menos de una lavandería, que la de una cocina. Sin lugar a dudas, La Colina era el último lugar del mundo donde a un extraño se le ocurriría llamar para pasar la noche, y Ransom, que ya había desperdiciado tiempo explorándolo, con seguridad se habría alejado de no mediar su desafortunada promesa a la vieja.
Subió los tres escalones que llevaban al amplio porche, hizo sonar la campanilla de llamada y esperó. Después de un momento la hizo sonar por segunda vez y se sentó en un banco de madera en uno de los lados del porche. Se quedó así tanto tiempo que, aunque la noche era cálida e iluminada por las estrellas, el sudor empezó a secársele sobre la cara y un leve escalofrío le recorrió los hombros. Se sentía muy cansado y quizás eso fue lo que le impidió levantarse y llamar por tercera vez: eso y la inmovilidad sedante del jardín, la belleza del cielo estival y el ululato ocasional de un búho en las cercanías, que sólo parecía enfatizar la tranquilidad de lo que lo rodeaba. Comenzaba a sentirse adormecido cuando pasó a un estado de alerta. Se oía un ruido particular: un ruido a forcejeo, que recordaba vagamente el encuentro de dos equipos de rugby alrededor de la pelota. Se puso de pie. Ahora el ruido era inconfundible. Gente con botas luchaba o forcejeaba o jugaba a algo. También gritaban. No podía distinguir las palabras, pero oía las exclamaciones como ladridos monosilábicos de hombres furiosos y sin aliento. Lo último que Ransom deseaba era verse envuelto en un incidente, pero la convicción de que debía investigar el asunto crecía en él cuando vibró un grito mucho más alto, en el que pudo distinguir las siguientes palabras:
—Déjenme ir. Déjenme ir. —Y luego, un segundo más tarde—: No voy a entrar ahí. Déjenme ir a casa.
Ransom se quitó la mochila, bajó los escalones del porche de un salto y corrió hacia la parte posterior del edificio tan de prisa como le permitían las piernas rígidas y los pies doloridos. Las huellas y los charcos del sendero lo llevaron a lo que parecía ser un patio, pero un patio rodeado por una cantidad inusual de dependencias. Tuvo la visión fugaz de una alta chimenea, de una puerta baja ocupada por el rojo resplandor del fuego y de una enorme forma redonda que se alzaba negra contra las estrellas, a la que tomó por la cúpula de un pequeño observatorio. Luego todo eso fue borrado de su mente por las figuras de tres hombres trabados en una lucha, tan cerca de él que casi irrumpió entre ellos. Desde el primer instante, Ransom estuvo seguro de que la figura central, a la que los otros dos parecían haber controlado a pesar de sus esfuerzos, era el Harry de la anciana. Le hubiera gustado decir con voz tronante «¿Qué le están haciendo al chico?», pero las palabras que le salieron en realidad, en tono muy poco impresionante, fueron:
—¡Eh!, ¡oigan…!
Los tres luchadores se apartaron de golpe, el muchacho berreando.
—¿Puedo preguntarle quién demonios es usted y qué está haciendo aquí? —dijo el más robusto y alto de los dos hombres. Su voz tenía todas las cualidades que le habían faltado tan lamentablemente a Ransom.
—Estoy haciendo una excursión a pie —dijo él— y le prometí a una pobre mujer…
—Maldita sea esa pobre mujer —repuso el otro—. ¿Cómo entró?
—Atravesando el seto —dijo Ransom, que sentía que un poco de humor venía en su ayuda—. No sé qué le están haciendo a ese pobre chico, pero…
—Tendríamos que tener un perro —dijo el hombre robusto a su compañero, ignorando a Ransom.
—Deberías decir que tendríamos un perro si no hubieras insistido en utilizar a Tártaro en un experimento —dijo el hombre que no había hablado hasta entonces. Era casi tan alto como el otro, pero más delgado y, según parecía, más joven. Su voz le sonó vagamente familiar a Ransom, que hizo un nuevo intento de explicarse.
—Miren —dijo—, no sé qué le están haciendo a ese muchacho, pero ya es muy tarde y es hora de que lo manden a casa. No tengo el menor deseo de meterme en sus asuntos privados, pero…
—¿Quién es usted? —aulló el hombre robusto.
—Me llamo Ransom, si eso es lo que quiere saber. Y…
—Por Júpiter, ¿no será el Ransom que iba a Wedenshaw? —dijo el hombre delgado.
—Hice mis estudios en Wedenshaw— repuso Ransom.
—Me pareció reconocerte nada más hablar —dijo el hombre delgado—. Yo soy Devine. ¿No te acuerdas de mí?
—Por supuesto. ¡Tendría que haberme dado cuenta! —dijo Ransom mientras los dos se daban la mano con la pesada cortesía tradicional de semejantes ocasiones. A decir verdad, Devine era una de las personas que más le habían disgustado a Ransom en el colegio.
—Conmovedor, ¿no es cierto? —dijo Devine—. La vieja guardia se encuentra hasta en los páramos salvajes de Sterk y Nadderby. Entonces se nos hace un nudo en la garganta y recordamos las noches de domingo en la capilla del D.O.P. ¿No conoces a Weston? —Devine señaló a su compañero gritón y macizo—. Weston —agregó—. Ya sabes. El gran físico. Unta las tostadas con Einstein y bebe medio litro de sangre de Schrödinger en el desayuno. Weston, te presento a Ransom, mi viejo compañero de estudios. El doctor Elwin Ransom. Ransom, sabes. El gran filólogo. Unta las tostadas con Jespersen y bebe medio litro…
—No sé nada sobre él —dijo Weston, que seguía sosteniendo al desgraciado Harry por el cuello—. Y si esperas que te diga que me encanta conocer a esta persona que acaba de entrar por la fuerza en mi jardín, siento desilusionarte. Me importa un rábano a qué colegio fue o en qué estupidez está desperdiciando actualmente el dinero que habría que destinar a la investigación científica. Quiero saber qué está haciendo aquí y después no quiero volver a verlo.
—No seas burro, Weston —dijo Devine en tono más serio—. Su inesperada presencia no podría ser más oportuna. No te preocupes por los modales de Weston, Ransom. Bajo su fachada agresiva oculta un corazón de oro, ¿sabes? Supongo que te quedarás a tomar una copa y comer algo, ¿verdad?
—Te lo agradezco mucho —dijo Ransom—. Pero en cuanto al muchacho…
Devine se apartó un poco con Ransom.
—Es tonto —dijo en voz baja—. Por lo general trabaja como un castor pero le dan estos ataques. Sólo estábamos tratando de llevarlo al lavadero y dejarlo tranquilo una hora o algo así hasta que se calmara. No podemos dejarlo ir a su casa en ese estado. Lo hacemos con la mejor intención. Si quieres puedes llevarlo tú mismo… y volver y dormir aquí.
Ransom estaba perplejo. Toda la escena había sido lo suficientemente sospechosa y desagradable para convencerlo de que había caído en medio de algo criminal, aunque por otro lado tenía la convicción profunda, irracional, característica de la gente de su edad y clase, de que cosas como ésas no podían cruzarse jamás en el camino de una persona común, salvo en las novelas, y mucho menos estar relacionadas con profesores o antiguos compañeros de estudio. Aunque hubieran estado maltratando al muchacho, Ransom no veía muchas posibilidades de librarlo de ellos por la fuerza.
Mientras esas ideas cruzaban su mente, Devine había estado hablando con Weston en voz baja, aunque no más baja de lo que podía esperarse en alguien que discute los preparativos necesarios ante un huésped inesperado. La conversación terminó con un gruñido de asentimiento por parte de Weston. Ransom, para quien una sensación embarazosa meramente social se había agregado a sus otras dificultades, se dio la vuelta con la intención de hacer una observación. Pero Weston estaba hablando con el chico.
—Ya nos has dado suficientes problemas por esta noche, Harry —dijo—. Y en un país con un gobierno mejor yo sabría cómo tratarte. Ahora cállate y deja de lloriquear. No necesitas entrar al lavadero si no quieres.
—No era el lavadero, usted sabe que no era eso —sollozó el joven retrasado—. No quiero entrar en esa cosa otra vez.
—Quiere decir el laboratorio —interrumpió Devine—. Una vez entró y se quedó encerrado por accidente durante unas horas. Por alguna razón eso lo enloqueció. Como un pobre indio, ¿sabes? —Se volvió hacia el muchacho—. Escucha, Harry —dijo—. Este buen caballero va a llevarte a casa en cuanto descanse un poco. Si entras y te sientas tranquilamente en la sala te daré algo que te va a gustar.
Imitó el sonido de descorchar una botella (Ransom recordó que era uno de los trucos de Devine en el colegio), y una risotada de reconocimiento infantil brotó de los labios de Harry.
—Traedlo adentro —dijo Weston mientras se apartaba y desaparecía dentro de la casa.
Ransom dudó en seguirlo, pero Devine le aseguró que a Weston le encantaría. Era una mentira descarada, pero la ansiedad que tenía Ransom por descansar y tomar una copa sobrepasaba sus escrúpulos sociales. Precedido por Devine y Harry, entró a la casa y se encontró un momento más tarde sentado en un sillón esperando el regreso de Devine, que había ido a buscar bebida.
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La crónicas de Narnia - Lewis C. S.

La isla

Había una vez cuatro niños que se llamaban Pedro, Susana, Edmundo y Lucía, cuyas extraordinarias aventuras se relataron en otro libro titulado El León, La Bruja y El Ropero. Un día abrieron la puerta de un ropero mágico y se encontraron en un mundo muy diferente al nuestro, y en ese mundo diferente llegaron a ser Reyes y Reinas de un país llamado Narnia. Mientras estuvieron en Narnia, les pareció reinar por años y años; mas cuando volvieron a traspasar la puerta del ropero y retornaron a Inglaterra, parecía que no había pasado ni un instante. En todo caso, nadie se dio cuenta de su ausencia, y ellos no se lo contaron a nadie, salvo a un anciano muy sabio.
Todo eso había sucedido un año atrás, y ahora los cuatro se hallaban sentados en un banco en una estación de ferrocarril, rodeados de una pila de baúles y cajas con juguetes.
Era el regreso al colegio. Habían viajado juntos hasta esa estación, en la que empalmaban diversas líneas. En pocos minutos iba a pasar un tren que llevaría a las niñas hacia un colegio, y media hora después otro tren trasladaría a los niños a otro colegio. Esa primera etapa del viaje que realizaron juntos les pareció todavía parte de las vacaciones; pero ahora, cuando se acercaba el momento de separarse y tomar distintos caminos, se convencieron de que realmente las vacaciones habían terminado y de que muy pronto comenzaría otra vez el período escolar. Estaban muy tristes y a ninguno se le ocurría qué decir. Lucía iba al internado por primera vez en su vida.
Era una estación de pueblo, vacía y somnolienta y, fuera de ellos, no había nadie más en el andén. De pronto Lucía lanzó un agudo grito, como si una avispa la hubiera picado.
—¿Qué pasa, Lu...? —preguntó Edmundo. Se interrumpió repentinamente e hizo un ruido como "¡au!".
—¿Qué cosa...? —empezó Pedro, y de pronto también él interrumpió lo que iba a decir y, en cambio, exclamó—: ¡Susana, suéltame! ¿Qué haces? ¿Adónde me arrastras?
—No te he tocado —dijo Susana—. Alguien me empuja a mí. ¡Oh... oh... oh..., basta!
Cada uno advirtió que los rostros de los demás estaban muy pálidos.
—Yo sentí lo mismo —dijo Edmundo, sin aliento—. Como si me arrastraran. Un tirón espantoso... ¡Ay, empieza otra vez!
—A mí también —dijo Lucía—. ¡Oh, no puedo soportar más!
—Rápido —gritó Edmundo—. Tómense todos de las manos y no se separen. Esto es magia, yo la siento. ¡Apúrense!
—Sí —dijo Susana—. Tomémonos de las manos. ¡Oh, cómo quisiera que todo esto terminara... oh!
En ese mismo momento el equipaje, el banco, el andén y la estación desaparecieron. Los cuatro niños, tomados de la mano y jadeantes, se encontraron en un lugar emboscado, tan emboscado que las ramas los envolvían y casi no quedaba espacio para moverse. Se frotaron los ojos y respiraron profundamente.
—Oh, Pedro —exclamó Lucía—. ¿Crees que habremos vuelto a Narnia?
—Este podría ser cualquier lugar —dijo Pedro—. Con todos estos árboles no puedo ver a un metro de distancia. Tratemos de salir al campo abierto..., si es que existe un campo abierto.
Con alguna dificultad, y con algunas picaduras de ortigas y rasmilladuras de espinas, se abrieron paso con gran esfuerzo hasta salir de la espesura. Entonces recibieron otra sorpresa. Allí estaba mucho más claro; a pocos pasos se encontraron en el límite del bosque y, más abajo, vieron una arenosa playa. A escasos metros, un mar muy tranquilo bañaba la arena con olas tan pequeñas que casi no hacían ruido. No se veía tierra alrededor ni nubes en el cielo. El sol estaba aproximadamente donde debe estar a las diez de la mañana, y el mar era de un azul deslumbrante. Todos se quedaron quietos aspirando el aroma del mar.
—¡Por Dios! ¡Qué bien se está aquí! —exclamó Pedro.
Cinco minutos más tarde, todos estaban descalzos y se mojaban los pies en el agua fría y clara.
—¡Esto es mejor que ir en un aburrido tren de vuelta al latín y al francés y al álgebra! —exclamó Edmundo. Y durante un largo rato no hablaron; sólo chapotearon en el mar y buscaron camarones y cangrejos.
—Bueno —dijo Susana al cabo de un tiempo—, creo que deberíamos hacer algunos planes. Dentro de poco tendremos ganas de comer algo.
—Tenemos los sandwiches que nos dio mamá para el viaje —dijo Edmundo—. Por lo menos, yo tengo los míos.
—Yo no —apuntó Lucía—, los míos quedaron en mi maletín.
—También los míos —dijo Susana.
—Los míos están en el bolsillo de mi abrigo, allá en la playa —agregó Pedro—. Tendremos entonces dos almuerzos para cuatro, lo que no será muy divertido.
—Por ahora tengo más sed que ganas de comer —dijo Lucía.
Todos los demás también se sintieron sedientos, como ocurre siempre después de chapotear en el agua salada bajo un sol ardiente.
—Es como si hubiéramos naufragado —hizo notar Edmundo—. En los libros los náufragos suelen encontrar manantiales de agua clara y fresca en las islas. Lo mejor es que vayamos a buscarlos.
—¿Quieres decir que volveremos a ese bosque espeso? —preguntó Lucía.
—No —dijo Pedro—. Si hay ríos, tienen que venir bajando hacia el mar, y si caminamos por la playa, seguramente los encontraremos.
Volvieron por la orilla del mar, primero cruzando la arena suave y húmeda y luego, más arriba, la arena seca y desmigajada que se pega en los dedos de los pies, y allí empezaron a ponerse los zapatos y calcetines. Edmundo y Lucía querían dejarlos y seguir explorando sin zapatos, pero Susana les dijo que sería una locura.
—A lo mejor nunca más los encontramos —señaló—, y los necesitaremos si estamos aún aquí cuando llegue la noche y empiece a hacer frío.
Una vez calzados, caminaron por la playa, con el mar a la izquierda y el bosque a la derecha. Había una gran quietud en el paraje, quebrada sólo por el paso fugaz de alguna gaviota. El bosque era tan espeso y enmarañado que casi no se veía a través de él; nada se movía adentro, ni un pájaro, ni siquiera un insecto.
Las conchas, las algas marinas, las anémonas o los pequeños cangrejos escondidos entre las rocas son muy hermosos, pero uno se cansa pronto de ellos si tiene mucha sed. Susana y Lucía tenían que llevar consigo sus impermeables. Edmundo había dejado su abrigo en el banco de la estación, justo antes de que la magia los sorprendiera, y se turnaba con Pedro para llevar el pesado abrigo de éste.
De pronto la playa comenzó a desviarse hacia la derecha. Como un cuarto de hora después, cuando habían atravesado un arrecife rocoso que terminaba en una punta, hizo una pronunciada curva. Ahora daban la espalda a aquella parte del mar adonde llegaron al salir del bosque y, mirando hacia adelante, más allá del agua, podían ver otra playa rodeada también de tupidos bosques.
—Me pregunto si esa playa pertenece a una isla o si nos estamos acercando a ella —dijo Lucía.
—No lo sé —repuso Pedro, y continuaron caminando pesadamente y en silencio.
La playa en que se hallaban se acercaba más y más a la otra y cada vez que cambiaban de dirección en una punta, los niños esperaban llegar al lugar donde ambas se unieran. Pero sufrieron una desilusión.
Anduvieron hasta unas rocas, las escalaron y desde allí pudieron tener una perspectiva bastante más amplia.
—¡Qué fregar! —dijo Edmundo—; no hay nada que hacer. No podremos llegar a esos bosques de enfrente. ¡Estamos en una isla!
Y así era. Aquí el canal que los separaba de la otra orilla era de sólo unos treinta o cuarenta metros de ancho; pero se dieron cuenta de que éste era su punto más angosto. Después, la playa en que se encontraban doblaba a la derecha nuevamente, y se veía el mar abierto entre ésta y el continente. Era evidente que habían avanzado hasta más allá de la mitad alrededor de la isla.
—¡Miren! —dijo Lucía de pronto—. ¿Qué es eso? —y señaló algo largo y plateado, semejante a una serpiente tendida sobre la playa.
—¡Un río, un río! —gritaron los demás y, pese al cansancio que sentían, bajaron con gran alboroto desde las rocas y corrieron hacia el agua fresca. Sabían que estaría más pura para beberla más arriba, lejos de la playa; por eso siguieron caminando hacia el lugar desde donde la corriente salía del bosque. Los árboles eran todavía muy grandes allí, pero el río había formado un profundo cauce entre las altas y musgosas riberas. Esto permitía que, agachándose un poco, uno pudiera seguir su curso a través de una especie de túnel de hojas. Se arrodillaron en la primera poza de color pardo barroso, donde la brisa levantaba una infinidad de olitas sobre el agua, y bebieron y bebieron, hundiendo sus caras en ella, y luego hundieron también sus brazos hasta el codo.
—¿Y si ahora comiéramos esos sandwiches? —preguntó Edmundo.
—¿No sería mejor guardarlos? —acotó Susana—. Tal vez más tarde los necesitemos mucho más.
—Yo quisiera —dijo Lucía— que ahora que no tenemos sed, pudiéramos sentir que no estamos hambrientos, como hicimos cuando sí teníamos sed.
—Pero ¿qué hacemos con esos sandwiches? —insistió Edmundo—. No vale la pena guardarlos hasta que se echen a perder. Acuérdense de que aquí es más caluroso que en Inglaterra y que los hemos tenido en los bolsillos durante horas.
Entonces sacaron los dos paquetes y repartieron los sandwiches en cuatro porciones, lo que no fue suficiente para ninguno, pero de todos modos era mucho mejor que no comer nada. Luego hablaron de sus planes para la próxima comida. Lucía quería volver al mar y recoger camarones, hasta que alguien advirtió que no tenían redes. Edmundo dijo que debían recoger huevos de gaviota entre las rocas, pero cuando se pusieron a pensar, nadie recordaba haber visto un huevo de gaviota y tampoco hubieran sido capaces de cocerlos si es que encontraban alguno. Pedro pensó para sí mismo que, a menos que tuvieran un golpe de suerte, pronto se contentarían con comer huevos crudos, pero le pareció mejor no decirlo en voz alta. Susana dijo que era una pena haber comido los sandwiches tan pronto. Para entonces, uno o dos estaban ya muy cerca de perder la paciencia. Finalmente, Edmundo dijo:
—Miren, sólo hay una cosa que podemos hacer. Tenemos que explorar el bosque. Los ermitaños, los caballeros andantes y la gente como ellos siempre se las ingenian para sobrevivir cuando están en un bosque. Comen raíces y bayas, y otras cosas.
—¿Qué clase de raíces? —preguntó Susana.
—Siempre pensé que se trataba de raíces de árboles —respondió Lucía.
—Vamos —dijo Pedro—, Edmundo tiene razón y hay que tratar de hacer algo. Cualquiera cosa será mejor que volver a pleno sol y a ese resplandor tan intenso.
Se levantaron, pues, y comenzaron a remontar la corriente del río. Era una senda bastante difícil. Tenían que agacharse bajo algunas ramas o subirse sobre otras. Anduvieron a tropezones entre grandes macizos de plantas parecidas a los rododendros, rasgaron sus ropas y se mojaron los pies en el agua; y aún no se escuchaba un solo ruido, excepto el del río y el que ellos mismos hacían. Empezaban a sentir un gran cansancio, cuando llegó hasta ellos un delicioso olor y, en seguida, un destello de brillante color se hizo visible arriba, sobre la ribera derecha.
—¡Miren! —exclamó Lucía—, creo que es un manzano. Y lo era. Acezando treparon la empinada ribera, atravesaron unas zarzas y llegaron al pie de un viejo árbol cargado de manzanas, las más grandes, doradas, firmes y jugosas que pudieran soñar.
—Y éste no es el único árbol —dijo Edmundo con la boca llena de manzana—, miren allá, y allá.
—Pero si hay docenas de manzanos —dijo Susana, botando el corazón de su primera manzana y cogiendo la segunda—. Esto debe haber sido un huerto hace mucho, mucho tiempo, antes de convertirse en un lugar silvestre y antes de que este bosque creciera a su alrededor.
—Entonces, la isla estuvo habitada alguna vez —dijo Pedro.
—¿Y qué es eso? —preguntó Lucía, señalando delante de ella.
—¡Por Dios, es un muro! —se sorprendió Pedro—. Un viejo muro de piedra.
Corriendo por entre las cargadas ramas, llegaron ante el muro. Era muy viejo y estaba resquebrajado en algunas partes; musgos y alelíes amarillos crecían a lo largo de él, pero su altura superaba el más alto de los árboles. Cuando se acercaron, vieron un gran arco que alguna vez debió tener una puerta, pero que ahora estaba casi enteramente tapado por un frondoso manzano. Fue necesario quebrar algunas ramas para poder pasar, y cuando lo lograron, la luz del día se hizo tan radiante que sus ojos parpadearon. Estaban en un espacio abierto y rodeado de murallas. Allí no había árboles, sólo hierba, margaritas, hiedras y muros grises. Era un lugar claro, silencioso, secreto y algo triste; los cuatro niños se detuvieron en el centro, contentos de poder por fin enderezar sus espaldas y mover piernas y brazos libremente.

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La abolición del hombre - Lewis C. S.

I. HOMBRES SIN CORAZÓN


«Sentenció a muerte a la palabra y
así condenó al niño»

Dudo de que estemos suficientemente atentos a la importancia que tienen los libros de texto de la enseñanza primaria. Esta es la razón por la que he elegido como punto de partida para estas reflexiones un pequeño libro de Lengua destinado a los «niños y niñas de ciclo escolar básico». No creo que los autores (pues eran dos) de este libro pretendieran hacer daño alguno con él y tengo una deuda con ellos o con su editor, por haberme enviado un ejemplar de regalo. Pero, a la vez, no puedo decir nada bueno de ellos. Por tanto, me encuentro en una situación bastante comprometida. No quiero poner en la picota a dos modestos maestros en activo que han hecho lo mejor que sabían hacer; pero tampoco puedo callar ante lo que considero que es la orientación real de su trabajo. Por tanto, prefiero silenciar sus nombres. Me referiré a estos señores como Gayo y Ticio, y a su libro como El Libro Verde. Pero les prometo que tal libro existe y que lo tengo en mi biblioteca.
En el segundo capítulo de dicho libro, Gayo y Ticio hacen referencia a la conocida historia de Coleridge[1], que se desarrolla ante unas cataratas. Recordarán que frente a dichas cataratas se encontraban presentes dos turistas: uno las calificó de «sublimes» y el otro de «bonitas»; y que Coleridge mentalmente aprobó el primer juicio y rechazó el segundo con desagrado. Gayo y Ticio comentan lo siguiente: «Cuando el hombre dice "Esto es sublime", parece estar haciendo un comentario acerca de las cataratas (…) Realmente (…) no está haciendo un comentario sobre las cataratas, sino un comentario sobre sus propios sentimientos. Lo que dice realmente es: Tengo sentimientos asociados en mi mente con la palabra "sublime" o, abreviando, "Tengo sentimientos sublimes"». En este fragmento se plantean un buen número de cuestiones profundas recogidas a modo de sumario bien presentado. Pero los autores no se detienen aquí. Añaden: «Esta confusión se nos presenta continuamente con el uso del lenguaje. Parece que nos estamos refiriendo a algo muy importante y, en realidad, sólo estamos haciendo referencia a nuestros propios sentimientos»[2].
Antes de considerar las cuestiones que se plantean en este párrafo —breve, pero de gran importancia— (y que se dirige, como se recordará, a estudiantes del ciclo escolar básico), debemos eliminar un error evidente en que incurren Gayo y Ticio. Incluso desde su punto de vista —o desde cualquier otro— el hombre que dice "Esto es sublime" no quiere decir "Tengo sentimientos sublimes". Admitiendo que cualidades tales como la sublimidad puedan proyectarse sobre las cosas, lisa y llanamente, a partir de nuestros propios sentimientos, las emociones que provoca dicha proyección son las correlativas y, por consiguiente, casi las opuestas a las cualidades proyectadas. Los sentimientos que llevan a un hombre a calificar de sublime a un objeto no son sentimientos sublimes, sino sentimientos de admiración. Si la exclamación "Esto es sublime" se reduce totalmente al estado de los sentimientos del hombre, la traducción correcta sería "Tengo sentimientos de admiración". Si la postura sostenida por Gayo y Ticio se aplicara de un modo consistente nos llevaría a absurdos evidentes. Les forzaría a mantener que "Tú eres despreciable" significaría "Tengo sentimientos despreciables"; y, así, "Tus sentimientos son despreciables" significaría "Mis sentimientos son despreciables". Pero no nos entretendremos más sobre esta cuestión que constituye el pons asinorum de nuestra reflexión. Seríamos injustos con Gayo y Ticio si enfatizáramos lo que, sin duda alguna, es un simple desliz.
El chaval que leyera este pasaje de El Libro Verde, aceptaría dos proposiciones: en primer lugar, que todas las frases que contuvieran un juicio de valor harían referencia al estado emocional del sujeto que las pronuncia; y, en segundo lugar, que tales afirmaciones carecerían de importancia. Es verdad que ni Gayo ni Ticio han afirmado esto en el capítulo al que nos referimos. Tan sólo han considerado un predicado de valor particular ("sublime") como una palabra descriptiva de las emociones del locutor. La tarea de hacer extensiva esta lógica a todos los predicados de valor se deja en manos de los propios alumnos: y no se interpone ningún obstáculo en el camino de tal generalización. Los autores pueden o no desear dicha generalización: quizás no le hayan dedicado en serio a la cuestión ni siquiera cinco minutos de su tiempo. Pero a mí no me interesa su intención sino el efecto que el libro producirá en la mente del alumno. Del mismo modo, ellos no han dicho que los juicios de valor no tengan importancia. Sus palabras son que «creemos estar diciendo algo muy importante» cuando, en realidad, «sólo estamos diciendo algo acerca de nuestros propios sentimientos». Ningún chaval sería capaz de resistir la sugerencia que se le hace mediante la palabra sólo. No quiero decir, por supuesto, que el alumno relacione conscientemente todo lo que lee con una teoría filosófica general en la que todos los valores son subjetivos y triviales. El auténtico poder de Gayo y Ticio reside en el hecho de que se están dirigiendo a niños: niños que creen estar "haciendo" sus "deberes" y que no tienen ni idea de que ética, teología y política están en juego. No es una teoría lo que les están metiendo en la cabeza, sino que les hacen asumir algo que, diez años después, una vez olvidado su origen y siendo inconsciente su presencia, les condicionará a la hora de tomar parte en una controversia que nunca habrán reconocido como tal. Sospecho que los autores mismos apenas se dan cuenta de lo que le están haciendo al chico; y éste, por supuesto, no puede saber lo que se está haciendo con él.
Antes de considerar las credenciales filosóficas de la posición que Gayo y Ticio han tomado respecto del valor de las cosas, me gustaría mostrar los efectos prácticos de tal procedimiento educativo. En el cuarto capítulo del libro, se pone como ejemplo un estúpido anuncio publicitario que invita a un crucero de placer, con el fin de prevenir a los alumnos frente al modo en que está escrito[3]. El anuncio dice que comprando un pasaje para dicho crucero se surcarán los Mares Orientales donde navegó el capitán Drake, "aventurándose en las maravillas de las Indias", y volviendo a casa con un "tesoro" de "horas doradas" y "colores vivos". Por supuesto que es un fragmento mal escrito: venal y sensiblera explotación de los sentimientos de admiración y agrado que los hombres sienten cuando visitan lugares profundamente asociados con la historia o la leyenda. Si Gayo y Ticio se dedicaran a lo suyo y enseñaran a sus lectores (como prometían) el arte de la redacción en inglés, deberían comparar este anuncio con pasajes de grandes escritores en los que las mismas emociones estuvieran correctamente expresadas, para, a continuación, mostrar dónde estriban las diferencias.
Podrían haber usado el famoso párrafo de Samuel Johnson en su libro Islas Orientales, que termina así: "El hombre cuyo patriotismo no se exaltara en la planicie de Maratón o cuya piedad no se confortara entre las ruinas de Jonia, es pequeño para ser envidiado"[4]. O bien podrían haber seleccionado el fragmento de El Preludio, en el que Willian Wordsworth describe cómo la antigüedad de Londres le venía a la mente con «Fuerza y poder, poder que crece gracias a esa fuerza»[5]. Una lección que hubiera confrontado tal literatura con el anuncio y hubiera discriminado verdaderamente lo bueno de lo malo, habría sido una lección con valor pedagógico. En ella habría habido algo de sangre y algo de savia: los árboles del conocimiento y de la vida creciendo juntos. Y también habría tenido el mérito de ser una clase de literatura: una materia en la que Gayo y Ticio, a pesar del propósito perseguido, están sumamente «verdes».
Pero se limitan simplemente a reseñar que el lujoso barco realmente no navegará a donde Drake navegó; que los turistas no disfrutarán de ninguna aventura; que los tesoros que traerán a casa serán únicamente de naturaleza metafórica; y que en un simple viaje a Margate[6] pueden encontrar "toda la satisfacción y el descanso" que necesitan[7]. Todo esto es muy cierto: gente con menos talento que Gayo y Ticio hubiera bastado para descubrirlo. De lo que no se han dado cuenta, o de lo que no se han preocupado, es de que se podría dar un tratamiento muy similar a tanta buena literatura que suscita emociones parecidas. Después de todo, ¿qué puede añadir la historia del entonces incipiente cristianismo británico a los motivos de la piedad existente en el siglo XVIII? ¿Por qué la posada del Sr. Wordsworth debería ser más confortable o el aire de Londres más sano por el hecho de que Londres haya existido durante tanto tiempo? Si existe ciertamente algún impedimento que pueda evitar que un crítico desprestigie por las buenas a Johnson o a Wordsworth (o a Charles Lamb, o a Virgilio, o a Sir Thomas Browne o a Mr. W. John de la Mare) con la misma lógica con que El Libro Verde desprestigia el citado anuncio, Gayo y Ticio no han prestado a sus jóvenes lectores la más mínima ayuda para hallarlo.
De este pasaje, el alumno aprenderá bien poco sobre literatura. Lo que sí adquirirá con rapidez, y quizás para siempre, es la creencia de que todos los sentimientos suscitados por asociación de ideas son en sí mismos despreciables y contrarios a la razón. No tendrá noción de que existen dos modos de inmunizarse frente a un anuncio como el anterior; dicho anuncio constituye un fracaso tanto para los que están por encima como para los que están por debajo de él; tanto para el hombre verdaderamente sensible como para el simple mono con pantalones incapaz de concebir el Atlántico como algo más que un montón de toneladas de fría agua salada. Existen dos tipos de hombre para los que resulta vano un falso artículo de fondo sobre el patriotismo y el honor: uno es el cobarde; el otro es el hombre patriota y de honor. Pero nada de esto se somete al juicio del alumno. Por el contrario, se le anima a rechazar el atractivo de los "Mares Orientales" bajo el peligroso punto de vista de que obrando así se demostrará a sí mismo ser un tipo listo al que no se puede engañar fácilmente. Gayo y Ticio, aparte de no enseñar al alumno lo que la literatura es verdaderamente, han erradicado de su alma, mucho antes de que sea lo suficientemente adulto como para poder elegir, la posibilidad de tener ciertas experiencias que pensadores más autorizados que ellos han considerado generosas, fructíferas y humanas.
Pero no es sólo el caso de Gayo y Ticio. En otro pequeño libro, a cuyo autor llamaré Orbilio, he encontrado que se utiliza el mismo modo de proceder, bajo idéntica anestesia general. En él, Orbilio pretende desprestigiar un estúpido pasaje que habla de caballos, en el que estos animales son ensalzados como los "abnegados sirvientes" de los primeros colonos de Australia[8]. Y cae en la misma trampa que Gayo y Ticio. De Ruksh y de Sleipnir y de los caballos lastimeros de Aquiles o del caballo guerrero del Libro de Job[9]; ni siquiera de Brer Rabbit y de Peter Rabbit[10]; de la ancestral piedad humana hacia "nuestro hermano el buey"; de todo lo que este tratamiento semi-antropomórfico de las bestias ha significado en la historia humana y de la literatura (tratamiento a la vez noble y picaresco), de todo esto no tiene nada que decir[11]. Ni siquiera dice nada sobre los problemas de psicología animal que la ciencia considera. Se contenta a sí mismo con explicar que los caballos no están interesados, secundum litteram, en la expansión colonial[12]. Esta sesgada información es todo lo que sus alumnos obtienen verdaderamente de Orbilio. No llegarán a saber por qué el ensayo que se les presenta es malo, cuando otros a los que se les hace la misma acusación son buenos. Y mucho menos aprenderán los dos tipos de hombre que se sitúan por encima y por debajo del peligro de tal modo de escribir: el hombre que conoce y ama verdaderamente a los caballos (y no por la ilusión del antropomorfismo, sino con cariñosa pasión) y el incorregible cabeza de chorlito de ciudad para el que el caballo es simplemente un medio de transporte pasado de moda. Los alumnos habrán perdido algo de ilusión por sus ponéis o por sus perros; habrán acrecentado su crueldad o abandono hacia ellos; y sus mentes se sentirán satisfechas por los conocimientos adquiridos. Esa es la clase de Lengua de cada día, aunque de Lengua no se haya aprendido nada. Otro pequeño fragmento de la herencia humana les ha sido sutilmente negado antes de que fueran lo suficientemente adultos para comprenderlo.
Hasta aquí he asumido que maestros tales como Gayo y Ticio no se dan cuenta de lo que están haciendo y no tienen idea de las consecuencias a largo plazo que su planteamiento realmente tiene. Pero, por supuesto, existe otra posibilidad. Lo que he llamado (suprimiendo su concordancia con un esquema tradicional de valores) "mono con pantalones" y "cabeza de chorlito" podría ser precisamente el tipo de hombre que en realidad ellos desearían configurar. Por tanto, sus diferencias respecto a mi planteamiento deben seguir su curso aclaratorio. Su posición les debe llevar a sostener que los sentimientos humanos habituales frente al pasado, frente a los animales o frente a las majestuosas cataratas van en contra de la razón y son despreciables y deben ser, por tanto, erradicados. Se debe proceder a borrar del mapa estos valores tradicionales y replantear de nuevo el problema con otro sistema de valores. Pero ya discutiremos esta posición posteriormente.
Por el momento, debo contentarme con señalar que dicha posición es una posición filosófica y no literaria. Introduciendo dicha posición en su libro han sido injustos con el padre o con el tutor que lo compra y que tiene en sus manos el trabajo de unos filósofos aficionados en lugar del esperado trabajo de unos lingüistas profesionales. Cualquiera se quedaría de piedra si su hijo volviera del dentista con los dientes en su sitio y su cabeza llena del obiter dicta del dentista sobre el bimetalismo o la teoría de Bacon.
De todos modos, dudo mucho de que Gayo y Ticio hayan planeado realmente, bajo la tapadera de la enseñanza de Lengua, la expansión de su filosofía. Más bien creo que han entrado en ella por las siguientes razones: en primer lugar, la crítica literaria es complicada, y lo que ellos hacen es mucho más sencillo. Explicar por qué un mal tratamiento de los sentimientos originarios del hombre es hacer mala literatura, si excluimos todas las críticas que ponen en tela de juicio la emoción en sí misma, es una cosa difícil de hacer. Ni siquiera el Dr. Richards, quien por vez primera afrontó seriamente el problema de la maldad en la literatura, lo logró, a mi modo de ver. Sin embargo, menoscabar los sentimientos, en base a un racionalismo común, está al alcance de cualquiera. En segundo lugar, creo que Gayo y Ticio han interpretado mal, inconscientemente, la necesidad más apremiante del momento en el terreno de la educación. Ellos ven el mundo que les rodea influido por una propaganda emocional —han aprendido de la tradición que la juventud es sentimental— y llegan a la conclusión de que lo mejor que pueden hacer es proteger las mentes de los jóvenes frente a los sentimientos. Sin embargo, mi experiencia como profesor es precisamente la contraria. Por cada alumno que necesita ser protegido de un frágil exceso de sensibilidad hay tres que necesitan ser despertados del letargo de la fría mediocridad. El objetivo del educador moderno no es el de talar bosques sino el de irrigar desiertos. La correcta precaución contra el sentimentalismo es la de inculcar sentimientos adecuados. Agotar la sensibilidad de nuestros alumnos es hacerles presa fácil del proselitista de turno. Su propia naturaleza les empujará a vengarse, y un corazón duro no es protección infalible frente a una mente débil.
Pero existe una tercera razón, más profunda, por la que Gayo y Ticio adoptan dicho modo de proceder. Deberían estar perfectamente preparados para admitir que una buena educación refuerza algunos sentimientos mientras que rechaza otros. Deberían esforzarse por que así fuera. Pero es imposible que tuvieran éxito. En cualquier caso, por mucho que se esfuercen, la parte de su trabajo en la que se encargan de menoscabar los sentimientos, y sólo esta parte, es la que al final se impone. A fin de clarificar este concepto, debo apartarme momentáneamente del tema para mostrar cómo lo que se podría considerar la propuesta educacional de Gayo y Ticio es diferente a la de todos sus predecesores.
Hasta tiempos relativamente recientes, todos los maestros —e, incluso, todos los hombres— creían que la realidad era tal que ciertas reacciones emocionales por nuestra parte podían ser tanto congruentes como incongruentes respecto a ella: creían, de hecho, que los objetos no sólo recibían, sino que podrían merecer, nuestra aprobación o desaprobación, nuestra admiración o nuestro desprecio. La razón por la que Coleridge estaba de acuerdo con el turista que calificaba de sublimes las cataratas y no lo estaba con el que las calificaba de bonitas era, por supuesto, que él creía que la naturaleza inanimada era tal que determinadas respuestas podrían ser más "justas" u "ordenadas" o "apropiadas" que otras. Y él creía (acertadamente) que los turistas pensaban lo mismo. El hombre que calificaba de sublimes las cataratas no pretendía solamente describir los sentimientos que le suscitaban: también afirmaba que el objeto era tal que merecía esos sentimientos. Pero respecto a esta afirmación no hay nada con lo que estar o no de acuerdo. No estar de acuerdo con la frase "Esto es bonito", si tales palabras describieran los sentimientos de la mujer, sería absurdo: si ella hubiera dicho "Me encuentro mal", Coleridge difícilmente podría haber replicado "No; yo me encuentro bastante bien". Cuando Shelley[13], comparando la sensibilidad humana con un arpa eolia, afirma que ésta difiere de un arpa normal en que tiene un poder de "ajuste interno" por el que puede "acomodar sus cuerdas a las vibraciones de lo que la percute"[14], está asumiendo la misma creencia. "¿Puedes ser justo —pregunta Traherme— si no estimas las cosas tal y como se merecen? Todas las cosas fueron creadas para ser tuyas y tú fuiste creado para apreciarlas según su valor."[15]
San Agustín define la virtud como ordo amoris, la ordenada condición de los sentimientos por la que a cada objeto se le atribuye el tipo y el grado de amor que le corresponde[16]. Aristóteles afirma que el horizonte de la educación es el de hacer del alumno tanto lo que se debe hacer de él como lo que no[17]. Cuando llegue a la edad en que se empieza a reflexionar, el alumno que haya sido educado según "afectos ordenados" o "sentimientos adecuados" reconocerá fácilmente los primeros principios de la Etica; pero para el hombre corrupto, estos principios jamás serán en absoluto admitidos y no podrá progresar en dicha ciencia[18]. Ya Platón antes que Aristóteles dijo lo mismo. El pequeño animal humano no obtendrá las respuestas adecuadas al primer intento. Se le debe enseñar a sentir agrado, simpatía, disgusto, o aversión hacia aquellas cosas que son realmente gratas, simpáticas, desagradables o repugnantes[19]. En La República, la juventud correctamente educada es aquélla "que puede ver mas claramente lo que es negativo en los esfuerzos desencaminados del hombre o en las obras descarriadas de la naturaleza, y con un justo rechazo despreciara y odiara lo que de horrendo encuentre incluso en sus años jóvenes y dará culto complacido a la belleza, aceptándola en su alma y haciéndola servir de sustento, a fin de convertirse en un hombre de noble corazón. Y todo esto antes de estar en edad de razonar; de modo que, cuando la Razón venga por fin a él, entonces, estando de ese modo educado, le abrirá sus brazos en señal de bienvenida y la reconocerá a causa de la afinidad que sentirá por ella"[20]. En el Hinduismo primitivo, la conducta humana que podría ser calificada de "buena" consiste en la armonía, e incluso en la participación, del Rta: el gran ritual o arquetipo natural y sobrenatural revelado al mismo tiempo en el orden cósmico, en las virtudes morales y en el ceremonial del templo. La honradez, la corrección, el orden, el Rta, se identifican constantemente con la satya o la verdad, con la correspondencia con la realidad. Del mismo modo que Platón decía que el Bien está "más allá de la existencia", y que Wordsworth afirmaba que a través de la virtud las estrellas permanecían firmes, los maestros hindúes dicen que los mismos dioses provienen del Rta y lo obedecen[21].
Los chinos hablan también de una gran cosa (la cosa más grande) que llaman el Tao. Es la realidad en la que todas las realidades consisten, el abismo que existía antes que el Mismo Creador. Es la Naturaleza, es la Vía, es el Camino. El Camino por el que marcha el universo; camino en el que las cosas se presentan para siempre, inmóviles y en calma, en el espacio y en el tiempo. También es el Camino que cada hombre debe seguir en consonancia con la progresión cósmica y supercósmica, conformando todas las actividades según el gran modelo[22]. "En el ritual —se dice en los Anales— se valora la armonía con la Naturaleza"[23]. Los antiguos judíos, del mismo modo, alababan la ley como "lo verdadero"[24].
A esta concepción, en todas sus modalidades —platónica, aristotélica, estoica, cristiana u oriental— me referiré, para simplificar, de ahora en adelante como "el Tao". Algunas de las historias que hasta ahora he contado les parecerán, quizás, a muchos de ustedes simplemente curiosas e incluso fantasiosas. Pero no podemos pasar por alto lo que es común a todas ellas. Es la doctrina del valor objetivo, la convicción de que ciertas actitudes son realmente verdaderas y otras realmente falsas respecto a lo que es el universo y lo que somos nosotros. Los que conocen el Tao pueden mantener que afirmar que los niños son hermosos o que los viejos son dignos de respeto no es solamente constatar un hecho psicológico sobre nuestros sentimientos paternales o filiales en cada momento, sino que es reconocer una cualidad que exige de nosotros una cierta respuesta, tanto si la damos como si no. He de reconocer que no me gusta en demasía la compañía de niños pequeños: puesto que hablo desde el reconocimiento del Tao, confieso que esto es un defecto mío, igual que un hombre debería reconocer que es sordo o ciego. Y puesto que nuestra aprobación o nuestro desacuerdo son, o bien el reconocimiento del valor objetivo, o bien respuesta a un orden objetivo, los estados emocionales pueden estar en armonía con la razón (cuando simpatizamos con lo que debemos reconocer) o no (cuando percibimos que debemos simpatizar pero no sentimos tal simpatía). Ningún sentimiento es, en sí mismo, un juicio; en este sentido, ninguna emoción o sentimiento tiene lógica.
Pero puede ser racional o irracional según se adecúe a la Razón o no. El corazón nunca ocupa el lugar de la cabeza sino que puede, y debe, obedecerla.
En contraste con todo esto se encuentra el mundo de El Libro Verde. En él, la verdadera posibilidad de que un sentimiento sea razonable —o irrazonable— se excluye desde el principio. Puede ser razonable o irrazonable sólo si concuerda —o no— con algo más. Decir que la catarata es sublime implica decir que nuestro sentimiento de admiración es apropiado o está en sintonía con la realidad y, por tanto, se hace referencia a algo que hay más allá del sentimiento; lo mismo que decir que un zapato se ajusta al pie es hacer referencia no sólo al zapato, sino también al pie. Pero esta referencia a algo más que la emoción es lo que Gayo y Ticio excluyen de cualquier frase que contenga un predicado de valor. Tales afirmaciones hacen referencia únicamente, según ellos, al sentimiento. Y así, el sentimiento, considerado por sí mismo, no puede estar en acuerdo o en desacuerdo con la Razón. Es irracional no como un paralogismo, sino como un hecho físico: ni siquiera alcanza la dignidad del error. Bajo este punto de vista, el mundo de los hechos, sin rastro de valor alguno, y el mundo de los sentimientos, sin rastro de verdad o falsedad, justicia o injusticia, se encuentran enfrentados, sin posibilidad de acercamiento.
Por tanto, el problema educacional es totalmente diferente según la posición que se adopte frente al Tao. Para los que reconocen el Tao, el objetivo es el de inculcar en el alumno aquellas respuestas que son, en sí mismas, adecuadas —independientemente de que alguien se las plantee o no—, y en desarrollar la verdadera consistencia de la naturaleza humana. Los que no reconocen este Tao, siendo consecuentes, deben considerar por igual todo sentimiento como no racional, como una neblina entre nosotros y la realidad. Como resultado, se decide alejar todo sentimiento, tanto como sea posible, de la mente del alumno; o bien, enfatizar algunos sentimientos mediante consideraciones que nada tienen que ver con su "justicia" o "adecuación" intrínsecas. Este último planteamiento les lleva a implicarse en el cuestionable proceso de crear en los otros por "sugestión" o encantamiento un espejismo que la propia razón ya ha desentrañado con éxito.
Quizás se pueda clarificar esto si ponemos un ejemplo concreto. Cuando un antiguo padre romano le decía a su hijo que morir por la patria era una cosa dulce y honrosa, creía en lo que decía. Le estaba comunicando a su hijo un sentimiento que él mismo compartía y que creía que estaba en consonancia con el valor que su juicio era capaz de discernir ante una muerte noble: le estaba dando al chico lo mejor que tenía, inculcándole su espíritu a fin de humanizarlo del mismo modo que había entregado su cuerpo para engendrarlo. Pero Gayo y Ticio no pueden creer que llamar dulce y honrosa a tal muerte pueda suponer decir "algo importante respecto a algo". Su propio método de "ridiculización" se tornaría contra ellos mismos si intentaran actuar de tal modo, ya que la muerte no es algo que se pueda comer y, por tanto, no puede ser dulce en sentido literal; ni siquiera las sensaciones reales que la preceden podrán ser dulces por analogía. Respecto al decorum, es sólo una palabra que describe el modo en que la gente sentirá tu muerte cuando se les ocurra pensar en ella, lo que no sucederá a menudo, ni te hará, ciertamente, bien alguno. Sólo existen, para Gayo y Ticio, dos caminos posibles. O el de ir hasta el fondo y redimensionar este sentimiento como se podría hacer con otro cualquiera, o bien el de ponerse manos a la obra a fin de inculcarle al alumno, desde fuera, un sentimiento que ellos crean carente de valor y que podría costarle la vida, por la sencilla razón de que nos es útil a nosotros (los supervivientes) que nuestros jóvenes puedan sentirlo. Si se embarcan en este último camino, la diferencia entre la antigua y la nueva educación será importante. Mientras que la antigua formaba, la nueva simplemente "condiciona". La antigua se ocupaba de sus alumnos como los pájaros adultos se ocupan de los jóvenes cuando les enseñan a volar; la nueva les trata más como el avicultor trata a los polluelos: dirigiéndose a ellos de tal o cual manera con propuestas de las que los pájaros no entienden nada. En una palabra: la antigua era una especie de propagación: hombres que transmitían humanidad a otros hombres; la nueva es simplemente propaganda.
Gayo y Ticio se decantan por la primera alternativa sólo por una cuestión de prestigio. La propaganda les produce aversión: y no porque su propia filosofía dé pie a condenarla (o a lo que fuere), sino porque ellos mismos son mejores que sus propios principios. Probablemente, tienen una vaga idea (y la examinaré en mi próximo capítulo) de que el juicio de valor y la buena fe y la justicia pueden ser de sobra confiados al alumno, si alguna vez fuera necesario hacerlo, en el terreno de lo que ellos llaman "racional" o "biológico" o "moderno". Mientras tanto, abandonan la cuestión y se dedican a la labor de "ridiculizar".
Pero este camino, aunque es menos inhumano, no es menos desastroso que la alternativa opuesta, la cínica propaganda. Supongamos por un momento que las virtudes innegables se pudieran justificar realmente sin hacer referencia a un valor objetivo. Bien es cierto que ninguna justificación de la virtud permite al hombre ser virtuoso. Sin la ayuda de sentimientos orientados, el intelecto es débil frente al organismo animal. Yo jugaría antes a las cartas con un hombre escéptico respecto a la ética pero educado en la creencia de que "un caballero no hace trampas" que con un intachable filósofo moral que haya sido educado entre estafadores. En medio de una guerra, no serán los silogismos los que mantengan firmes los nervios y los músculos tras tres horas de bombardeo. El sentimentalismo más burdo hacia una bandera (ese al que Gayo y Ticio pondrían mala cara), un país o un regimiento sería más útil. Hace tiempo que nos lo advirtió Platón. Del mismo modo que el rey gobierna mediante su poder ejecutivo, así la Razón en el hombre debe regular los instintos primarios por medio del "elemento espiritual"[25]. La cabeza gobierna el vientre mediante el corazón, que es el lugar donde se asienta, como nos dice Alano, de la Magnanimidad[26], de las emociones organizadas en sentimientos estables a través del hábito conculcado. Corazón-Magnanimidad-Sentimiento: ésta es la coordinación indispensable entre el hombre cerebral y el hombre visceral. Se podría incluso decir que es por este elemento intermedio por lo que el hombre es hombre: por su intelecto es mero espíritu y por su instinto es mero animal.
La operación que pretenden El Libro Verde y los de su estilo, es la de producir lo que se podría llamar Hombres sin Corazón. Con el agravante de que, usualmente, los autores se hacen llamar Intelectuales. Y esto les da la posibilidad de decir que quien les ataca, ataca a la Inteligencia. Y no es así. No se distinguen del resto de los hombres por una particular destreza para encontrar la verdad o por un ardor original para, al menos, buscarla. De hecho sería extraño que se distinguieran por eso: un apego perseverante a la verdad, un adecuado sentido del honor intelectual no puede ser mantenido en el tiempo sin la ayuda de un sentimiento que Gayo y Ticio pueden despreciar tan fácilmente como lo podría hacer cualquier otro. Y no es un exceso de ideas sino una falta de fértil y generosa emoción lo que les delata. Sus mentes no son superiores a las normales: es la atrofia del corazón lo que las hace parecer así.
Siempre —como en la tragicomedia de nuestra situación— que nos empeñamos en reclamar tales cualidades auténticas estamos, al tiempo, haciéndolas imposibles. Es difícil abrir un periódico sin que te venga a la mente la idea de que lo que nuestra civilización necesita es más "empuje", o dinamismo, o autosacrificio, o "creatividad". Con una especie de terrible simplicidad extirpamos el órgano y exigimos la función. Hacemos hombres sin corazón y esperamos de ellos virtud e iniciativa. Nos reímos del honor y nos extrañamos de ver traidores entre nosotros. Castramos y exigimos a los castrados que sean fecundos.
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Caín - José Saramago

Cuando el señor, también conocido como dios, se dio cuenta de que a adán y eva, perfectos en todo lo que se mostraba a la vista, no les salía ni una palabra de la boca ni emitían un simple sonido, por primario que fuera, no tuvo otro remedio que irritarse consigo mismo, ya que no había nadie más en el jardín del edén a quien responsabilizar de la gravísima falta, mientras que los otros animales, producto todos ellos, así como los dos humanos, del hágase divino, unos a través de mugidos y rugidos, otros con gruñidos, graznidos, silbos y cacareos, disfrutaban ya de voz propia. En un acceso de ira, sorprendente en quien todo lo podría solucionar con otro rápido fíat, corrió hacia la pareja y, a uno y luego al otro, sin contemplaciones, sin medias tintas, les metió la lengua garganta adentro. En los escritos en los que, a lo largo de los tiempos, se han ido consignando de forma más o menos fortuita los acontecimientos de esas remotas épocas, tanto los de posible certificación canónica futura como los que eran fruto de imaginaciones apócrifas e irremediablemente heréticas, no se aclara la duda de a qué lengua se refería, si al músculo flexible y húmedo que se mueve y remueve en la cavidad bucal y a veces fuera, o al habla, también llamado idioma, del que el señor lamentablemente se había olvidado y que ignoramos cuál era, dado que no quedó el menor vestigio, ni tan siquiera un corazón grabado en la corteza de un árbol con una leyenda sentimental, algo tipo te amo, eva. Como una cosa, en principio, no va sin la otra, es probable que otro objetivo del violento empellón que el señor les dio a las mudas lenguas de sus retoños fuese ponerlas en contacto con las interioridades más profundas del ser corporal, las llamadas incomodidades del ser, para que, en el porvenir, y con algún conocimiento de causa, se pudiera hablar de su oscura y laberíntica confusión, a cuya ventana, la boca, ya comenzaban a asomar. Todo puede ser. Como es lógico, por escrúpulos de buen artífice que sólo le favorecían, además de compensar con la debida humildad la anterior negligencia, el señor quiso comprobar que su error había sido corregido, y así le preguntó a adán, Tú, cómo te llamas, y el hombre respondió, Soy adán, tu primogénito, señor. Después, el creador se dirigió a la mujer, Y tú, cómo te llamas tú, Soy eva, señor, la primera dama, respondió ella innecesariamente, dado que no había otra. El señor se dio por satisfecho, se despidió con un paternal Hasta luego, y se fue a su vida. Entonces, por primera vez adán le dijo a eva, Vámonos a la cama.
Set, el hijo tercero de la familia, sólo vendrá al mundo ciento treinta años después, no porque el embarazo materno necesitase tanto tiempo para rematar la fabricación de un nuevo descendiente, sino porque las gónadas del padre y de la madre, los testículos y el útero respectivamente, tardaron más de un siglo en madurar y desarrollar suficiente potencia generadora. Hay que decirles a los impacientes que el fíat ocurrió una vez y nunca más, que un hombre y una mujer no son máquinas de rellenar chorizos, las hormonas son cosas muy complicadas, no se producen en un ir y venir, no se encuentran en las farmacias ni en los supermercados, hay que dar tiempo al tiempo. Antes de set llegaron al mundo, con escasa diferencia de edad entre ellos, primero caín y luego abel. Un asunto que no puede dejarse sin inmediata referencia es el profundo aburrimiento que supusieron tantos años sin vecinos, sin distracciones, sin un niño gateando entre la cocina y el salón, sin otras visitas que las del señor, e incluso ésas poquísimas y breves, espaciadas por largos periodos de ausencia, diez, quince, veinte, cincuenta años, imaginemos qué poco habrá faltado para que los solitarios ocupantes del paraíso terrenal se viesen a sí mismos como unos pobres huérfanos abandonados en la selva del universo, aunque no hubieran sido capaces de explicar qué era eso de huérfanos y abandonados. Es verdad que día sí día no, y éste no con altísima frecuencia también era sí, adán le decía a eva, Vámonos a la cama, pero la rutina conyugal, agravada, en el caso de estos dos, por la nula variedad de posturas atribuible a la falta de experiencia, se demostró ya entonces tan destructiva como una invasión de carcoma royendo las vigas de la casa. Desde fuera, salvo algunos montoncitos de polvo que van cayendo aquí y allí por minúsculos orificios, el atentado apenas se nota, pero por dentro la procesión es otra, no faltará mucho para que se venga abajo lo que tan firme antes parecía. En situaciones como ésta, habrá quien defienda que el nacimiento de un hijo puede tener efectos reanimadores, si no de la libido, que es obra de químicas mucho más complejas que aprender a mudar unos pañales, al menos de los sentimientos, lo que, reconózcase desde ya, no es ganancia pequeña. En cuanto al señor y a sus esporádicas visitas, la primera fue para ver si adán y eva habían tenido problemas con la instalación doméstica, la segunda para saber si se habían beneficiado algo de la experiencia de la vida campestre y la tercera para avisar de que no esperaba volver tan pronto, pues tenía que hacer ronda por los otros paraísos existentes en el espacio celeste. De hecho, sólo acabaría apareciendo mucho más tarde, en una fecha de la que no quedó registro, para expulsar a la infeliz pareja del jardín del edén por el crimen nefando de haber comido del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Este episodio, que dio origen a la primera definición de un hasta entonces ignorado pecado original, nunca ha quedado bien explicado. En primer lugar, porque incluso la inteligencia más rudimentaria no tendría ninguna dificultad en comprender que estar informado siempre es preferible a desconocer, sobre todo en materias tan delicadas como son estas del bien y del mal, en las que uno se arriesga, sin darse cuenta, a la condenación eterna en un infierno que entonces todavía estaba por inventar. En segundo lugar, clama a los cielos la imprevisión del señor, ya que, si realmente no quería que le comiesen del tal fruto, fácil remedio tendría la cosa, habría bastado con no plantar el árbol, o con haberlo puesto en otro sitio, o con rodearlo de una cerca de alambre de espino. En tercer lugar, no fue por haber desobedecido la orden de dios por lo que adán y eva descubrieron que estaban desnudos. Desnuditos, en pelota viva, ya estaban ellos cuando se iban a la cama, y si el señor nunca había reparado en tan evidente falta de pudor, la culpa era de su ceguera de progenitor, la misma, por lo visto incurable, que nos impide ver que nuestros hijos, al fin y al cabo, son tan buenos o tan malos como los demás.
Una cuestión de orden. Antes de proseguir con esta instructiva y definitiva historia de caín a la que, con nunca visto atrevimiento, arrimamos el hombro, tal vez sea aconsejable, para que el lector no se vea confundido por segunda vez con anacrónicos pesos y medidas, introducir algún criterio en la cronología de los acontecimientos. Así lo haremos, pues, comenzando por aclarar alguna maliciosa duda por ahí levantada sobre si adán sería competente para hacer un hijo a los ciento treinta años de edad. A primera vista, no, si nos atenemos a los índices de fertilidad de los tiempos modernos, pero esos ciento treinta años, en aquella infancia del mundo, poco más habrían representado que una simple y vigorosa adolescencia que hasta el más precoz de los casanovas desearía para sí. Conviene recordar, además, que adán vivió hasta los novecientos treinta años, luego poco le faltó para morir ahogado en el diluvio universal, ya que finó en días de la vida de lamec, el padre de noé, futuro constructor del arca. Tiempo y sosiego tuvo para hacer los hijos que hizo y muchos más si le hubiera dado por ahí. Como ya dijimos, el segundo, el que vendría después de caín, fue abel, un mozo rubicundo, de buena figura, que, después de haber sido objeto de las mejores pruebas de estima por parte del señor, acabó de la peor forma. Al tercero, como también quedó dicho, lo llamaron set, pero ése no entrará en la narrativa que vamos componiendo paso a paso con melindres de historiador, por lo tanto aquí lo dejamos, un simple nombre y nada más. Aunque hay quien afirma que fue en su cabeza donde nació la idea de crear una religión, pero de esos delicados asuntos ya nos ocupamos abundantemente en el pasado, con recriminable ligereza según la opinión de algunos peritos, y en términos que muy probablemente sólo nos perjudicarán en las alegaciones del juicio final, cuando, ya sea por exceso, ya sea por defecto, todas las almas sean condenadas. Ahora lo que nos interesa es la familia de la que el papá adán es la cabeza, y qué mala cabeza fue, no vemos cómo decirlo de otra manera, ya que bastó que la mujer le trajera el prohibido fruto del conocimiento del bien y del mal para que el inconsciente primer patriarca, después de hacerse rogar, en verdad más para complacerse a sí mismo que por real convicción, se atragantara, dejándonos a nosotros, los hombres, para siempre marcados por ese irritante trozo de manzana en la garganta que ni sube ni baja. Tampoco faltan los que dicen que si adán no llegó a tragarse del todo el fruto fatal fue porque el señor se apareció de repente queriendo saber lo que estaba pasando allí. Y, por cierto, antes de que se nos olvide del todo o el recorrido del relato haga inadecuada, por tardía, la referencia, hemos de revelar la visita sigilosa, medio clandestina, que el señor hizo al jardín del edén una noche cálida de verano. Como de costumbre, adán y eva dormían desnudos, uno al lado del otro, sin tocarse, imagen edificante aunque equívoca de la más perfecta de las inocencias. No despertaron ellos y el señor no los despertó. Lo que lo había llevado hasta allí era el propósito de enmendar un defecto de fábrica que, se dio cuenta tarde, afeaba seriamente a sus criaturas, y que consistía, imagínense, en la falta de un ombligo. La superficie blanquecina de la piel de sus bebés, que el suave sol del paraíso no con seguía tostar, se mostraba demasiado desnuda, demasiado ofrecida, en cierto modo obscena, si la palabra ya existiera entonces. Sin tardanza, no fuesen ellos a despertarse, dios extendió el brazo y oprimió levemente con la punta del dedo índice el vientre de adán, luego hizo un rápido movimiento de rotación y el ombligo apareció. La misma operación, practicada a continuación en eva, dio resultados similares, aunque con la importante diferencia de que el ombligo de ella salió bastante mejorado en lo que respecta a diseño, contornos y delicadeza de pliegues. Fue ésta la última vez que el señor miró una obra suya y halló que estaba bien.
Cincuenta años y un día después de esta afortunada intervención quirúrgica con la que se iniciaba una nueva era en la estética del cuerpo humano bajo el consensuado lema de que todo en él es mejorable, se produjo la catástrofe. Anunciado por el estruendo de un trueno, el señor se hizo presente. Venía trajeado de manera diferente a la habitual, según lo que sería, tal vez, la nueva moda imperial del cielo, con una corona triple en la cabeza y empuñando el cetro como una cachiporra. Yo soy el señor, gritó, yo soy el que soy. El jardín del edén cayó en silencio mortal, no se oía ni el zumbido de una avispa, ni el ladrido de un perro, ni un piar de ave, ni un barrito de elefante. Sólo una bandada de estorninos que se había acomodado en un olivo frondoso cuyo origen se remontaba a los tiempos de la fundación del jardín levantó el vuelo en un solo impulso, y eran centenares, por no decir millares, tantos que casi oscurecieron el cielo. Quién ha desobedecido mis órdenes, quién se ha acercado al fruto de mi árbol, preguntó dios, dirigiéndole directamente a adán una mirada coruscante, palabra desusada pero expresiva como la que más. Desesperado, el pobre hombre intentó, sin resultado, tragarse el pedazo de manzana que lo delataba, pero la voz no le salía, ni para atrás ni para adelante. Responde, insistió la voz colérica del señor, al tiempo que blandía amenazadoramente el cetro. Haciendo de tripas corazón, consciente de lo feo que era echarle las culpas a otro, adán dijo, La mujer que tú me diste para vivir conmigo es la que me ha dado del fruto de ese árbol y yo lo he comido. Se volvió el señor hacia la mujer y preguntó, Qué has hecho tú, desgraciada, y ella respondió, La serpiente me engañó y yo comí, Falsa, mentirosa, no hay serpientes en el paraíso, Señor, yo no he dicho que haya serpientes en el paraíso, lo que sí digo es que he tenido un sueño en que se me apareció una serpiente y me dijo, Conque el señor os ha prohibido comer el fruto de todos los árboles del jardín, y yo le respondí que no era verdad, que del único que no podíamos comer el fruto era del árbol que está en el centro del paraíso y que moriríamos si lo tocábamos, Las serpientes no hablan, como mucho silban, dijo el señor, La de mi sueño habló, Y qué más te dijo, si puede saberse, preguntó el señor esforzándose por imprimir a las palabras un tono de sarcasmo nada de acuerdo con la dignidad celestial de la indumentaria, La serpiente dijo que no tendríamos que morir, Ah, sí, la ironía del señor era cada vez más evidente, por lo visto esa serpiente cree saber más que yo, Es lo que he soñado, señor, que no querías que comiésemos de ese fruto porque abriríamos los ojos y acabaríamos conociendo el mal y el bien como tú los conoces, señor, Y qué hiciste, mujer perdida, mujer liviana, cuando despertaste de tan bonito sueño, Me acerqué al árbol, comí del fruto y le llevé a adán, que también comió, Se me quedó aquí, dijo adán, tocándose la garganta, Muy bien, dijo el señor, ya que así lo habéis querido, así lo vais a tener, a partir de ahora se os ha acabado la buena vida, tú, eva, además de sufrir todas las incomodidades del embarazo, incluyendo las náuseas, también parirás con dolor, y, pese a todo, sentirás atracción por tu hombre, y él mandará en ti, Pobre eva, comienzas mal, triste destino va a ser el tuyo, dijo eva, Deberías haberlo pensado antes, y en cuanto a tu persona, adán, la tierra ha sido maldecida por tu causa, con gran sacrificio conseguirás sacar de ella alimento durante toda tu vida, sólo producirá espinos y cardos, y tú tendrás que comer la hierba que crece en el campo, sólo a costa de muchos sudores conseguirás cosechar lo necesario para comer, hasta que un día te acabes transformando de nuevo en tierra, pues de ella fuiste hecho, en verdad, mísero adán, tú eres polvo y en polvo un día te convertirás. Dicho esto, el señor hizo aparecer unas cuantas pieles de animales para tapar la desnudez de adán y eva, los cuales se guiñaron los ojos el uno al otro en señal de complicidad, pues desde el primer día sabían que estaban desnudos y de eso bien se habían aprovechado. Dijo entonces el señor, Habiendo conocido el bien y el mal, el hombre se ha hecho semejante a un dios, ahora sólo me faltaría que también fueses a buscar el fruto del árbol de la vida para comer de él y vivir para siempre, no faltaría más, dos dioses en un universo, por eso te expulso a ti y a tu mujer de este jardín del edén, en cuya puerta colocaré de guarda a un querubín armado con una espada de fuego que nunca dejará entrar a nadie, así que fuera, salid de aquí, no os quiero tener nunca más ante mi presencia. Cargando sobre los hombros las malolientes pieles, bamboleándose sobre las piernas torpes, adán y eva parecían dos orangutanes que por primera vez se pusieran en pie. Fuera del jardín del edén la tierra era árida, inhóspita, el señor no había exagerado cuando amenazó a adán con espinas y cardos. Tal como también dijo, se les había acabado la buena vida.

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