
De acuerdo a las calificaciones que reúne Metacritic, Hulk (2003) de Ang Lee aparece con un discreto 54/100. En Rotten Tomatoes no le va mucho mejor, y ahí se reporta un 62% de votos positivos (contra un 67% de The Incredible Hulk de 2008). En su momento más de algún crítico la hizo objeto de burlas, y los espectadores, fans o no del cómic en el que se inspiró, la recibieron con frialdad (en la Internet Movie Database aparece con un 5.7/10 de calificación). Cuando fue estrenada me pareció que la película fue subestimada y mal comprendida. Ahora que volví a verla me queda claro que no es una obra maestra, pero es mejor de lo que las anteriores cifras reflejan.
Hulk se inspira en la historieta creada por Stan Lee y Jack Kirby y sigue a Bruce Banner (Eric Bana), un científico que hace investigaciones genéticas. No guarda mayores recuerdos de su infancia, y ha borrado en particular un trágico episodio familiar. Su padre realizó estudios en el mismo campo, y su curiosidad lo hizo experimentar en él mismo. Por eso Bruce lleva una herencia que va más allá de lo que la madre naturaleza le asignó. En un experimento, el joven Banner es expuesto a una gran cantidad de rayos gama. El accidente hace que, de acuerdo con sus palabras, se sienta mejor que nunca. Pero cuando se enoja se convierte en una mole verde que destruye todo lo que encuentra a su paso. La gravedad del asunto se incrementa porque su padre (Nick Nolte), Betty (Jennifer Connelly), su ex novia, y el padre de ella (Sam Elliott), militar de profesión, buscan manipularlo.
Ang Lee, que venía de deslumbrar a propios extraños con las proezas físicas de El tigre y el dragón (Wo hu cang long, 2000), propone en Hulk un estilo que entre otras cosas emula al cómic, pero al cómic popular, que tiene su equivalente en el cine B. Por eso la fotografía se aleja del preciosismo y ofrece un aura ochentera, por eso los efectos visuales no son especialmente depurados y pasan con frecuencia del cómic a lo francamente cómico, en particular cuando el monstruo verde brinca de montaña en montaña. Es pulp, pues, pero de manera deliberada. No obstante, algunos recursos funcionan muy bien, como la división de pantallas en dos o más partes (como página de historieta), lo mismo para dar cuenta de ángulos diferentes de la misma acción que para reunir acciones que se llevan a cabo en espacios distantes. Este recurso aporta movilidad a la gráfica pero también hace avanzar la narrativa y es provechoso para resolver con sutileza y elegancia algunos pasajes, como aquél en el que sobre el plano en el que están Bruce y Betty irrumpe una imagen en la que aparece un odioso empresario que literalmente se entromete entre ellos.
En la misma línea es pertinente anotar el juego con los fondos que realiza Lee: no es raro que al hacer esto el personaje que aparece al frente cambie de escenario, incluso sin desplazarse, y que se integren elementos antes ajenos. Esta integración, que lo mismo tiene lugar en los experimentos que en la vida cotidiana, es anticipada con brillantez en una gráfica que juega con las dimensiones y los colores y que es matizada en los diálogos. La estrategia es afortunada para dar agilidad al relato, para ofrecer sorpresas constantes a la mirada y, lo más importante, para redondear el tema que se aborda, mismo que pasa por la simbiosis así como por las relaciones padre-hijo y las de pareja, asuntos sobre los que vale la pena detenerse un poco.
Así como el Dr. Jekyll encuentra en Mr. Hyde el vehículo para manifestar su lado oscuro y Bruce Wayne se vale de Batman para resolver su miedo a la vida, Banner encuentra en Hulk la posibilidad de lidiar con los conflictos que arrastra desde su niñez y que no ha superado. Ha crecido como un pusilánime y, adulto, todos quieren arreglarle la vida, controlarlo, pero también quieren sacar algún beneficio de él; algunos le manifiestan un supuesto interés, pero aquí no hay altruismo y más temprano que tarde se hace transparente su profundo egoísmo. Así, Betty dice amarlo pero quiere cambiarlo, dice querer salvarlo pero busca la protección y el amparo que le faltó en la infancia; el padre de ella no finge: como buen militar sabe obedecer órdenes y pretende sujetar al rabioso para que se hagan con él experimentos que buscan mejorar el rendimiento de los soldados. Las contrariedades de Bruce encuentran su punto más alto en la relación con su padre. Éste dista –y mucho– de ser ejemplar: es megalómano, egoísta y autodestructivo, pero también cariñoso y hasta compasivo; dispuesto a sacrificar y a sacrificarse por el hijo, a darle pero también a quitarle. Reconoce el cariño por su bebé, pero también lo utiliza para satisfacer su curiosidad científica. El padre hace aquí las veces del antagonista, un villano lúcido que en algún momento –uno de los menos afortunados de la cinta, es justo reconocer– cual predicador nos receta un discurso enardecido contra el ejército y las religiones.



