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Los secretos de Soledad Puértolas

Debo decir que descubrí tarde a Soledad Puértolas y que empecé por su primer, deslumbrante, libro El bandido doblemente armado. He leído ahora todo lo que encontré de ella y, desde luego, leeré su nueva novela Mi amor en vano (Anagrama) que empieza con un sujeto que tiene un accidente y debe usar muletas y asistir a la rehabilitación. Me siento absolutamente identificado. 

—¿Por qué ha escrito Mi amor en vano desde el punto de vista del dolor?

—Es un tema que me interesa muchísimo. Es clave en nuestras vidas. Muchas veces decimos la muerte, pero con la muerte termina todo, y es la muerte ajena casi lo que más nos afecta. Pero el dolor, conllevar el dolor, la enfermedad… es consustancial con la vida. Y es una de sus grandes dificultades, convivir con el dolor. ¿Qué haces con él? ¿De qué sirve? El dolor no sirve para nada, más que para sufrir, pero a partir de ahí puedes plantear las cosas con mucha conciencia, te puede dar conciencia de todo, percibimos a partir del dolor.

(…) Los personajes de Puértolas se encadenan, hablan por sí mismos o a través de otros, muestran y ocultan, sufren y disfrutan: Esteban, el narrador, y Dayana, mujer luchadora con una íntima ambición que recorre el libro (“la ambición es algo que se extiende por todas partes, hay un deseo de que tu vida no sea una vida sin interés, de hacer de tu vida algo, y eso es irrenunciable”, dice la escritora). También están Eugenio (el periodista deportivo), casado con Dayana y ambos padres de Violeta; Teresa, personaje perturbador y único que comparte con Esteban el dolor físico —“Teresa es muy difícil. Es una de mis grandes satisfacciones como personaje, precisamente porque es una persona muy dura y en principio es demasiado egoísta. Pero acabé comprendiéndola”—; Julio (el masajista), Dani (el representante), el Portugués, Laura, Selina…

Y las dos perras de Dayana, que son “el afecto” e iluminan el final: “Ese momento me vino solo y comprendí que era así, y las perras estaban ahí”. Todos ellos reflejan “esas atracciones entre raros, que es lo que sucede en la vida; son gente descolocada, con motivos para sentirse marginados. Se van buscando unos a otros”. “Son todos secundarios primarios, es decir, que son personajes importantísimos. Esa es, efectivamente, mi visión de la literatura y la plasmé en la Academia, y en lo que hago cuando escribo”.

(…)

—¿En quiénes se fija para construir sus personajes?

—Bueno, primero en mí misma, la verdad. Me proyecto en todo. Creo que fijarme, fijarme, no me fijo mucho, no soy muy curiosa. Invento más que me fijo. Pero sí en sensaciones, percepciones de la gente, en lo que me rodea, en lo que conozco, en lo que desconozco sobre todo. Creo que parto de la idea de que no conozco a las personas, y que todo eso que se me escapa es lo que escribo, quizá sea eso lo que intento poner en claro, indagar en lo que no sé, tengo la sensación de que se me escapan muchas cosas.

Soledad Puértolas mira a sus personajes con un respeto “que supone saber que nunca los puedes juzgar enteramente”. “Si presentas una historia absolutamente atada, y toda juzgada y todos los personajes redondos, pues has hecho una demostración, un equilibrismo, eres como un saltimbanqui. No es fácil hacer eso, pero yo no lo creo posible en la vida, no tengo esos elementos de juicio de otras personas, me parece que la magia de la vida es precisamente todo lo que queda por debajo, lo que imaginamos, lo que nunca conoceremos, a lo mejor lo que ni siquiera existe y creemos que existe. Y eso es lo que para mí hace rico un mundo literario”.

“La ocultación es clave en esta novela, desde luego”, asegura. “Aquí todos tienen secretos, todos ocultan”. “Esa sensación de que hay algo que nunca sabremos de los otros me fascina, creo que ahí están todas las claves, en lo que mostramos a los demás; en realidad esa es la parte más fascinante de la vida, lo que mostramos y lo que no mostramos, ese extraño equilibrio. Y la literatura, el arte de la literatura creo que debe sugerir eso también, que notes que los personajes te están contando una historia y que a lo mejor hay otra”.

(…)

Ahora está escribiendo cuentos, “estoy con los fogonazos”, dice. “Cuando terminas una novela te quedas tan cansada del mundo que se ha apoderado de ti que es una especie de extenuación, no tienes ni ganas, ni deseo, ni energías para meterte en otra. Sin embargo, van apareciendo ideas, pinceladas, siento que eso tiene su propia exigencia, una exigencia quizá más alta, porque tiene que ser más perfecto. En la novela cabe la imperfección porque trata de la imperfección, el cuento no trata de la imperfección, el cuento es de sugerencias. Es otro arte, de alguna manera más delicado, lo otro es más farragoso y más de barro y de sangre. El cuento es más poético, y los fogonazos no te implican tanto, pero sí son más exquisitos”.


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